mercredi 12 novembre 2014

Me ves, ya no me ves



En el fondo del abismo hay una cola de personas desaparecidas, esperando aparecer. No se fueron de aquí por una idea, ni se esfumaron buscando algún querer. ¿Alguien se los llevó pa'divertirse?, ¿alguien los secuestró para hacerlos padecer?

El vacío macabro de quienes “desaparecen” es compadre de la angustia de quienes se quedaron. Impávidos, ante ese acto de magia repetitivo, los espectadores lloran por la paloma y el conejo; delante de esa caja a doble fondo (la justicia), las madres de los muertos descifran el mensaje: Me ves, ya no me ves. ¿Quién es el mago? ¿Cuál es su mano invisible?

De este lado del abismo hay también una fila de personas esperando que los desaparecidos vuelvan. Están aquí, sujetos al anhelo de verlos regresar. Y mientras hacen cola también buscan, en los anfiteatros, en las fosas clandestinas, en las calles, en los postes de luz más apagados, y en los montones de huesos.

“Este infierno es un país de paz”, dice el pequeño dictador con su cara de galán. Los ministros aplauden ante cámaras, los periodistas analizan ante cámaras, se aprende la opinión de los expertos en la radio; pero los alaridos de un descuartizado no se pueden escuchar, pues la antecámara del infierno ha pasado a comerciales. 

Cuerpos regados a lo largo de un país de paz:

Reportero, niña, migrante, pandillero. Empresario, estudiantes, sicarios, artilleros. Señora de la esquina, muchacho misterioso. Vagabundo en la calle, pollero, indio, maloso. Los muertos de  mi calle y los muertos del bosque. Policías en disputa, mujeres, traficantes. Testigos de su sangre, ráfagas en el cuerpo. Sombras de la masacre… rastros de la masacre… voces de la masacre… hijos de la masacre:

¡No se oye! ¡Más fuerte! ¿Dónde están? ¡Griten más fuerte!

Y los cañaverales, los maizales, las barrancas, no son lo suficientemente acústicos para propagar los aullidos de dolor del primero de los machetazos. El volumen del aire los dispersa. Queda el olor chillante de la carne, los gusanos y el frenesí de los buitres… en este país de paz. Queda la oscuridad de las bolsas de plástico abandonadas en los parques y jardines, abrigando los trozos de un desaparecido más que no podrá volver.

Y la fila se hace larga.
                    En la esquina del abismo se acabaron las despensas.
                                                                                                 Están regalando muerte.

lundi 20 octobre 2014

Alguien me ha tocado



I
Dejar caer el sol por la ventana,
Esa ventana por la que el mundo se sostiene.
Dejar caer el sol y sus colores.
Dejar que nos anuncien que todo está acabándose otra vez
Justo al comienzo.

II
Al comienzo, de noche, te diriges a mí
Repitiendo mi nombre, con ganas de besarlo
Ganas que asoman por tu pronunciación,
Voluta de tu voz desprendida del cuerpo tras llamarme.
“Alguien me ha tocado”, dice entonces mi nombre.

jeudi 16 octobre 2014

Cerrar los ojos y ser


 Para Carlos César Solís

"He aprendido a cerrar los ojos frente a la belleza y escucharla hablar.
Esa voz lo dice todo, como los libros que pueblan el universo.
Una voz que habla en silencio.
Un silencio que hace ruido.
El ruido insoportable de la belleza parlante.

He aprendido a cerrar los ojos para escuchar mi corazón latiendo.
Un latido que habla de mí mismo, como mi piel, mis entrañas, mis huellas, mis cabellos.
Un latido que es señal y paraíso y muchas veces infierno.
Un infierno que late fuerte y con amor.
El amor insoportable de mi corazón erecto.

He aprendido a no hacer caso de lo que mis ojos ven cuando los abro.
No hacer caso de las apariencias del objeto, ni del monstruoso conjunto que lo acompaña.
Un monstruo inabarcable que no sabe decir nada.
Una nada que viene callando hasta mis ojos convexos.
Ojos que miran esa superficie tenaz que he decidido ignorar profundamente.

He aprendido a venerar la soledad, la oscuridad y el silencio."

El rumor del tiempo, Guillermo Pérez Villalta


samedi 14 juin 2014

Mi gata acaba de treparse al librero, como una loca. Derribô un libro, que cayô a su vez sobre una figura felina de madera. Ambos objetos al suelo. La maldije, pero ya no estaba ahî. Escurridiza, mi gata habîa desaparecido del librero y ahora estaba tragando croquetas como si no hubiese pasado nada. Levanté del suelo la figura felina, azul, en una posiciôn de alerta. En su lugar estaba el libro que habîa caîdo del libero. Colecciôn "Les Classiques du Mercure", Pensées de Pascal. Cuando me di cuenta le di gracias a mi gata por haberme dado algo que leer esta noche.

mardi 27 mai 2014

Llueve, bien

El mundo es la lluvia. Las casas y las calles mojadas son el mensaje más claro de que el mundo no pertenece a los humanos. La desesperación de quienes desean el sol y ese gesto de mirar hacia arriba buscando una grieta entre las nubes para ser vistos por la luz, son los signos más evidentes de que quienes reinan en el mundo son las plantas.
Estoy bien, pues llueve.
Para mi razón, la lluvia es el perfume del mundo. Su aroma, su vapor que nos recorre cuando al fin podemos pisar la calle, su lodazal en el camino, son los versos de un poema que no necesita ser escrito.
Soy cursi, lo sé; pero el mundo no nos necesita y eso me calma. Eso me tranquiliza. No somos necesarios para el mundo. Toda lucha es vana, al final de las cuentas, pues el mundo no suma ni resta, y nuestra multiplicación --lejos de salvarnos-- nos extravía en un sendero próximo al abismo.
Por eso me siento bien.
Porque la lluvia ha dado un discurso más largo que el discurso de los políticos. Porque la lluvia cae y en su caída pone toda su existencia, de una manera más intensa que las balas.
Estoy bien y por eso caigo, como si una gota de esa lluvia fuera.
De mí no tengo más noticia, por ahora.
El rumbo ya no es importante.
Estoy tan lejos de donde he nacido, que el camino de regreso es más largo que mi extravío.
Aquí estoy, en el mundo. Tengo unos brazos, una mente, unos labios, un cuerpo entero rendido a la existencia de la lluvia.
Y si no fuera por el viento, por el frío y por esta cobardía de mi piel, me dejaría empapar.
Llueve, que llueva.
Lo demás no importa. Y si un día sale el sol, salud de nuevo, pues solo hará que florezcan nuevas nubes.

vendredi 25 avril 2014

Las hojas caídas del paraíso

La vida es caprichosa. La muerte, en cambio, no pide demasiado. Y aunque siempre valdremos más los vivos, por una sola razón; la cantidad de muertos en la historia del mundo es más o menos inconmensurable, y esa condición los coloca por encima de todos los demás. Hasta el paraíso está poblado de muertos. La Humanidad sostiene su mayúscula inicial con la memoria, que comienza con eme, de Muerte. Nosotros los vivos –en este tornillo sin fin que es el presente—estamos condenados a morir; y es quizá esa muerte prometida la fuente de nuestra dicha fugaz. Lo que no quita lo caprichoso de la vida, y lo intrincado, lo paranoicamente intrincado de su proceder. Hace trece años, en los portales de Colima, me tomé un café con Rubén Martínez y Nelson Simón. Fue la única ocasión. No sé quién de los tres recordará mejor aquella tarde, quizá sea yo. Tenía 17 años y en mi afán de hacerme notar, ante dos personas que me parecían enormidades, aproveché la primera ocasión que me vino para decir que yo no tenía prisa por convertirme en escritor. Que sabía muy bien, como que existía la palabra destino, que aquello terminaría por sucederme tarde que temprano, pero que no llevaba ninguna urgencia. “Si García Márquez escribió su primer cuento a los 18 años, dije, tengo por lo menos un año de colchón”. Mis interlocutores estallaron en carcajadas. Nueve años más tarde, sería Álvaro Mutis, el mejor amigo de Gabo, quien me aconsejaría que considerara muy bien que –si el tiempo no existe—nadie tiene tiempo, no tenemos tiempo, y más valdría no dejar las cosas para después –ya que no hay después—. No fuera a ser que en menos de un chistar amaneciera yo viejo y atacado de san vito, como él; u olvidadizo y cagado en los pantalones, como otros. No fuera a ser que la mejor línea de nuestro discurso se perdiera en el antojo de un vasito de coñac. O peor aún, que un día amaneciéramos muertos, simplemente muertos, pero conscientes de que no hicimos lo suficiente, y que esa terrible conciencia fuera nuestro infierno. Para entonces ya había visto yo en la FIL, sentados en una misma mesa, a Carlos Fuentes, a Gabriel García Márquez y a José Saramago. Había pasado junto a ellos. Había hecho contacto visual con Fuentes, pero nada tenía yo que decirle y pasé de largo, nervioso y frustrado. Hace un año, 2013, perdido en el cementerio de Montparnasse, París, en uno de los patios circulares, di con la tumba de Fuentes y esta vez sí que le hablé. Le dije muchas cosas. Pero noté que su placa de mármol solo tenía grabado el año de nacimiento, no el de su muerte. Fuentes, enterrado ahí, no había terminado de morir. En aquel funesto paseo también encontré la tumba de Cortázar, llena de flores y besos y pequeñas piedrecillas en guisa de ofrendas a Rayuela. Hallé la tumba de Baudelaire, sepultado en el mismo sitio que su madre y su padrastro. No lloré, pero me llené de angustia. En septiembre de ese mismo año murió Mutis. Yo estaba de paso por Colima y tuve noticia de su partida por las páginas del Diario. Hacía mucho que don Álvaro ya no escribía ni siquiera postales. Estaba encerrado en su tristeza, en su delirio, en su terremoto interior. Supe entonces que no tardaría en morirse Gabo, igual que mueren los periquitos australianos, nomás de sentirse solos. No tardaría en llegarle el turno a José Emilio Pacheco, como le llegó también a Saramago un día, y a Bolaño y a Borges y a Rulfo y a Revueltas y a Arreola y a Castellanos y a Mistral y a Paz y a Sábato y a Benedetti... Durante la semana santa de este 2014 realicé la tarea de contar muertos por violencia para la ONG “Menos días aquí”, y un caso llamó mi atención: En Morelia dos grupos de policías se agarraron a balazos; hubo dos muertos. Uno de ellos quedó tirado sobre la calle Escritor Humanista. Esto sucedió un día después de la muerte de Gabriel García Márquez, y me di cuenta de que el realismo mágico no había terminado de agonizar. Dos días más tarde moriría Emmanuel Carballo, y su muerte me llevaría al recuerdo de una de sus charlas en la Facultad de Letras de la Ucol. Estamos en medio del torbellino de la muerte, pensé. Ahora sí que como dijo Pedro Páramo: “Todos escogen el mismo camino. Todos se van.” Alguien entre tanto periodista dijo que la literatura latinoamericana había quedado huérfana. Queda como su padrastro Mario Vargas Llosa, pero un “buendía” también se va morir. Como se morirán Juan Villoro y Jorge Volpi. Como se morirán Víctor Manuel Cárdenas y Gloria Vergara. Como se morirán Eduardo Galeano y Homero Aridjis. Como se morirán Elena Poniatowska y Nicanor Parra y todos los poetas del mundo sentirán la asfixia y quizá mueran también y en una misma expiración. Como se morirán Rubén Martínez y Nelson Simón. Como me moriré yo, quizá mucho antes de terminar de escribir la última línea de mi primer discurso. Mientras tanto, lo que realmente nos queda es este realismo irónico, este realismo trágico: La terrible conciencia de sabernos vivos, sin tiempo y con mucho por hacer.

lundi 21 avril 2014

Hay una larga cola de personas desaparecidas, esperando aparecer. No se fueron de aquí por una idea, no se fueron buscando ningún querer. Alguien se los llevó para divertirse, alguien se los llevó para hacerlos padecer. La ausencia de los que ya no están es amiga de la angustia de los que se quedaron.
También hay una larga fila de personas que esperan que los desaparecidos vuelvan. Están ahí, esperando su turno de verlos regresar. Y mientras hacen cola también buscan, en los anfiteatros, en las tumbas, en las calles, en los montones de huesos.
Este infierno es un país de paz, dice el pequeño dictador, con su cara de galán.
Los gritos de los descuartizados no se escuchan. Más fuerte, griten más fuerte..
Y los cañaverales, los maizales, las barrancas, no son lo suficientemente acústicos para propagar el grito. Y solo queda el olor chillante de la muerte y el frenesí de los buitres. Solo quedan las bolsas de plástico abandonadas con trozos de un desaparecido más que no podrá volver.
Y la fila se hace más larga. Y la gente pierde su lugar y tiene que formarse de nuevo.
Se acabaron las despensas. Están regalando muerte.

dimanche 6 avril 2014

Las mil cabezas


La última imagen que me llevaré del mundo serán los ojillos furiosos de la hidra.

Josué Solís Hernández
(Este texto es una ficción; su fuente no)

Estaba preparándose para arreglar un clutch. Su cuerpo tendido sobre periódicos reposaba en las baldosas. Su cama de papeles rebasaba las dimensiones del automóvil en reparación. Dos gatos hidráulicos levantaban la carrocería, suspendida ligeramente de costado. El mecánico había desmontado la mayor parte de las piezas que le no lo dejaban dar con el diafragma de las velocidades; había ido y venido, buscando una llave que no estaba en su lugar; se había vuelto a meter debajo del jodido carcamán; había silbado, peído, sorbido y vuelto a silbar. Echado en el suelo, peleando a mano limpia con la mugre encostrada bajo el coche, embadurnaba de negro algunos papeles de la prensa.

Si el carro fuera transparente, podríamos imaginar al sujeto bocarriba, sobre una sarta de titulares vampirescos. A diestra papeles grasientos y arrugados, a siniestra la herramienta, el teléfono celular a la altura del cráneo, dos llamadas perdidas. Alrededor de él, como si lo asediaran –una sola carne con el papel—las cabezas de primera plana gritando en silencio bajo las cansadas articulaciones del automóvil desmembrado. Letras negras para notas rojas, letras rojas para notas negras. Palabras exclamativas imágenes. Frases cortas seguidas de párrafos interminables. Alarma voraz, corredor amarillo de la muerte, imagen de mujer y semejanza de hombre. Bífido lenguaje del horror y la lujuria:

Carambola mortal” Tres muertos, quince personas heridas y enormes daños materiales por accidente en Autopista del Sol. Una larga fila zigzagueante de automóviles y tractocamiones sobre el asfalto. Hay humo. Las personas parecen moverse. La luz roja de las sirenas emite un haz permanente sobre sus rostros, que solo denotan miseria y angustia. Niños lloran. Aparece la noche. “Chichilopochtli” Se le para el tráfico a Benito Juárez. Ataviada con penacho de águila y faisán, un taparrabos y un pequeño pectoral que deja una buena parte de sus senos al descubierto, una joven modelo posa en medio de un cruce peatonal, frente al Hemiciclo a Juárez. Ciudad de México. “¡1 de sesos y 2 de moronga!” En un puesto de tacos le propinan tres tiros y muere sin pagar. Con medio cuerpo sobre la acera yace un hombre bocabajo; su camiseta a cuadros azules con finas rayas blancas está impregnada de sangre; de su cráneo brota un líquido rojo espeso. A unos centímetros del cuerpo yace también un plato de plástico verde envuelto en una bolsa de plástico transparente; debajo del objeto se alcanza a distinguir material comestible, al parecer un taco. “Se lo come todo” Allison, la conejita del mes, festeja su cumpleaños con una apetitosa sesión de fotos. Una voluptuosa mujer posa gestualmente lúbrica delante de un pastel de chocolate. Sus ojos miran al vacío, pero el vacío parece estar en el centro de sus ojos. Hay una mancha color café oscuro en la comisura de sus labios que no pasa desapercibida; al pastel le falta una buena parte. “Le dan chicharron al árabe” Narcomenudista extranjero muere calcinado en su automóvil. Entre fierros retorcidos, un carbón antropomórfico despide vapores funestos. Cerca del vehículo, tres bomberos observan desolados. Han apagado el fuego; ya no queda nada. “¡Quieren carnita!” Las sextrellas de la expo-sexo causan furor. Una mujer vestida con tacones y tanga posa en cuclillas apenas a unos centímetros de las manos de un público masculino que se esfuerza por tocarla. Cientos de teléfonos móviles la miran.

De golpe, como si pretendieran desnudarlo, unos flashazos blanquísimos penetran violentamente el cuerpo del mecánico. Sobre los periódicos grasientos corre una tinta lúgubre y oscura que se extiende lentamente, alimentando los espacios en blanco. Inmóvil ahí, aún caliente, su imagen es reproducida por la prensa a la mañana siguiente: “Enclochado” Ejecutan a un mecánico mientras reparaba el embrague de un automóvil. Debajo de un sucio armazón, el cadáver reposa a ras del suelo, encima de unos papeles que parecieran devorarlo.

27/03/2014. Tapachula, Chiapas. Asesinan de dos impactos de bala a un sujeto dentro de un taller mecánico denominado El Universal, ubicado en la calle Chabacanos entre Tabachines y Palmas, en la colonia Laureles.”

vendredi 14 mars 2014

Charco noticioso

Yo no sé quién va más lejos, / la montaña o el cangrejo. / (...) /
Larará larará, larará; larará larará, larará.

Josué Solís Hernández
(Este texto es una ficción; su fuente no)

¿Qué habría pasado si lo hubieran matado en México y no en Guatemala?, me pregunta Volpi aguantando la bocanada. ¿A quién? ¿A Cabral?, respondo yo, sosteniendo el cigarro con la punta del índice y el pulgar de mi mano izquierda. Seguro habría pasado lo mismo... quizá con un poquito más de espectáculo por parte de la prensa, ¿no?; además de que habrían tardado más en detener a los culpables, o los habrían inventado; luego aspiro, retengo. Volpi exhala, toma con sus dedos lo que queda del carrujo y agrega envuelto en humo, quién sabe –y empieza a toser—, primero no lo habrían matado por error, y segundo a lo mejor hasta lo habrían desaparecido un rato para pedirle que cantara unas canciones, que firmara unas camisetas del cártel y tomarle algunas fotos. ¿Te imaginas? En el video del interrogatorio, cuando los enmascarados le preguntaran “de dónde vienes” Facundo contestaría “vengo de todas las cosas”. Se ríe, pero no le hallo la gracia. Vuelve a fumar, y yo miro el hilo de humo desprenderse del cigarro que pronto se apagaría. Desde la azotea de la facultad no se domina gran cosa, pero algo se deja ver y oír. La luz azul y espesa de la mañana viene a pegarse a todos los edificios. La ciudad ha encendido sus motores; el día apenas comienza. Un aroma a desayuno callejero se mezcla con el aliento de los mofles y el olor a marihuana. Mi pensamiento está enrarecido. A lo lejos se escucha la voz de un vendedor de periódicos en un crucero, en medio de los pitidos de tantos automóviles. Una cortina metálica se abre lentamente, en otra parte, mientras los gritos de una mujer muy enojada penetran las orejas de un niño camino a la primaria. En las primeras planas de algunos diarios que cuelgan de un estanquillo se puede leer: “El Estado Mayor garantizó seguridad durante reunión presidencial entre México, Canadá y Estados Unidos”, pero nadie compra esos diarios, al menos no en ese lugar. En cambio, otras portadas emiten su chillido cotidiano –la noticia que vende—la inseguridad, la de siempre, la que se toma con café y azúcar; el pan muerto de cada día que calma la curiosidad mórbida de los lectores. Cerca de ahí, en un puesto de tacos, un hombre con cachucha cuenta detalladamente el horrible accidente que le tocó ver el domingo pasado en carretera. Parece fascinarse con su propio relato, seguro de que el asombro de quien lo escucha es verdadero; y mientras describe la postura de uno de los muertos, le da una nueva mordida a su sabroso desayuno sin que le tiemble la mano. La ciudad bulle; vocecillas, risotadas y silbidos corren por todas partes, cada vez más a prisa. Dentro de la escuela ha comenzado el vaivén aletargado de los universitarios. Las sillas se arrastran, las mesas se arrastran, algunos pies también se arrastran. Volpi y yo acostumbramos subir a la azotea para fumar, casi todos los días, antes de las clases. Siempre llegamos temprano; el guardia ya nos conoce pero no sospecha nada. Somos estudiantes, tenemos credencial; eso nos da derechos. Por detrás de unos salones hay un árbol que nos sirve de escalera; nos trepamos, fumamos y durante un ratito nos dedicamos a platicar y a ver lo que pasa dentro y fuera del plantel. Vista desde este ángulo, la facultad es como un “lugar aparte” rodeado de esta ciudad monstruosa. Como un refugio donde se escondiera el germen de una solución. Fuera están los autos; dentro solo hay bicicletas. Fuera está el ruido, el ajetreo, los manojos de personas transportándose en microbuses; dentro hay un cierto silencio, voces bajas, pequeños corros de estudiantes reunidos por afinidad. Fuera crece el desorden, el comercio, el tintineo de las monedas; dentro germina el orden, las conversaciones, el desinterés, el intercambio. Fuera huele a cloro con sangre y podredumbre; dentro huele a libros, papel y goma de borrar. Pero tengo la impresión de que pronto las cosas van a ser distintas. Ya es hora de bajar. Nos levantamos. Echo una última mirada al exterior. Fuera viene corriendo el Gabo, compañero nuestro; pero no es tan tarde, y parece no correr apresurado por llegar, sino para escapar. A unos metros de él corren también dos tipos. Gabo corre. Los tipos corren. Gabo alcanza la puerta, la franquea, está dentro y yo lo siento a salvo. Pero los tipos no se detienen y entran también. Volpi y yo intentamos bajar rápido por el árbol, para ayudar a Gabo, pero entonces escuchamos el disparo. Manojos de estudiantes se arremolinan aquí y allá sin saber que hacer. Desde fuera, la gente de la ciudad trata de mirar qué está pasando. Nadie sabe nada de los asesinos. Nadie los vio escapar. El cuerpo quedó tirado en el suelo dentro de un salón de clases; de su sangre se desprende un aroma a charco noticioso. No tardará en llegar la prensa.


“19 de febrero de 2014. Ecatepec, Estado de México. Gabriel Gabino Álvarez Pliego, de 22 años de edad y estudiante de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM), fue asesinado de un disparo en la cabeza dentro del plantel de Ecatepec por dos sujetos que lo persiguieron para asaltarlo.”


jeudi 13 mars 2014

99/100

Un día, no hace mucho tiempo, buscando la verdad cristalina de los ojos, cortejando el beso tibio en las sonrisas, incliné mi cuerpo sobre la gran marmita del verso. Soñaba con ditirambos de cien, y escribía poemas de noventa y nueve noventa. ¿Pero qué verso era mi verso, si ni puñal, ni puño y ni siquiera flor? Una lámpara sin aceite colgaba en mi habitación, la oscuridad se distendía sin miedo por los pasillos de mi casa hueca; pasaban horas así, hasta que una luz muy leve tocaba el vidrio opaco de mi única ventana para fingirme el día y obligarme a despertar; mares de cartón azur servían como escenografía exterior a mi comedia del verso; y yo me sentía el poeta más libre, cabalgando por las ganas de escribir a como diera lugar. Con las ideas llenas de humo, mutilaba sin piedad el cuerpo candoroso de mis palabras simples, y respiraba aire puro, y recitaba puro aire:



Un día,
no hace mucho tiempo,
buscando la verdad cristalina de los ojos,
cortejando el beso tibio en las sonrisas,
yo también incliné el cuerpo
sobre la gran marmita de los versos,
y -soñando con ditirambos de cien-
escribía poemas de noventa y nueve noventa.

*

Hoy los colores no tienen escala; el arcoíris es un solo golpe en mi sentido. Me domina el sueño, me arroba el pensamiento. Mis dedos son el silencio y mi palabra un parpadeo. Es la noche aquí, mientras allá es de día. Vivo en una tierra húmeda que celebra la fértil llegada de la primavera, pero el terror hace rondas de patrulla alrededor de mis sueños; el frío acaricia mis plantas y no puedo despertar. Era una vez un diente de león oscuro que nunca fue tocado por el viento.

*

Por la noche se levanta un rumor en la tierra. Un murmullo contenido trepa hasta las copas de los árboles. Viene para el norte, sobre una ruta perfecta. Pasos tras las sombras atraviesan los umbrales en su plena oscuridad. Nadie duerme; abiertos como la ventana, los ojos buscan el foco de las estrellas desde la almohada. Ningún animal levanta la garganta, ningún bicho se mueve bajo la hierba. El rumor proviene de la misma noche; son las sombras que caminan. Sombras, sombras, sombras, sombras, sombras sobre las sombras. Hay quienes han escuchado la guadaña de la muerte entre las matas, chasquidos como de rifle por el río, aullidos de coyotes donde nunca los ha habido. Nadie ha visto nada; entre cortinas de las ventanas cerradas, los pasos se van de largo, buscando los rincones oscuros del olvido. Pronto llegará la luz.

samedi 8 mars 2014

La fortaleza abandonada

Cuando se tiene un hijo, se tiene el mundo adentro
y el corazón afuera.
Los hijos infinitos”, Tomás Eloy Blanco

Josué Solís Hernández
(Este texto es una ficción; su fuente no)

Delicado, el elefante se levanta y echa a andar. Sobre sus lomos se extiende una alfombra magnífica de bordados misteriosos. Sentada ahí, una pequeña niña observa, atónita, el horizonte que le espera. El enorme mamífero camina por encima de la frontera entre el sueño, la realidad y la muerte. Los pasos de la bestia son pasos de bestia. Su aliento bestial. Sus ojos infinitamente oscuros. Sobre la piel gris y rugosa de sus mejillas escurren una suerte de lágrimas espesas que brillan, con la claridad de un cristal precioso hallado entre las piedras. La pequeña niña mira a uno y otro lado de la frontera. La bestia camina sobre los límites y no toca ninguno de los tres inmensos territorios que ahí convergen. A lo lejos se alcanza a mirar una montaña, y sobre la montaña una fortaleza blanca de la que parecen emanar destellos de alborada. El cielo no tiene ningún color; o los presenta todos juntos. Un viento ligero vibra con las notas de una musiquilla infantil que se detiene bruscamente y vuelve a comenzar. El viento va, vuelve, agita las orlas de la alfombra donde descansa ella.
–Está moviendo los ojos, dice la enfermera, seria, disimulando sorpresa; escapando a la angustia.
–Es normal. Debe estar soñando.
Siguiendo su inestable rutina, el médico sale de la habitación hacia un pasillo donde la pulcritud de las lámparas eléctricas es mutilada por el deambular de ruedecillas chirriantes en camillas, la envolvente sordidez de una atmósfera estéril, y la sospecha afilada de que la sangre ha corrido por alguna parte. Al fondo del corredor, una televisión agita las sombras. El vigilante mira una breve pantalla portátil con antena metálica. Un hombre vestido con traje negro y corbata roja está dando el noticiero. Nuevos extravíos en la ciudad. Varios adolescentes y niños han desaparecido en pocas horas. Alerta Mediática para Buscar Extraviados Recientes. En el noticiero han preparado los testimonios de una madre angustiada y de un jefe de policía. El reportero imposta su voz, pretendiendo desesperadamente un estilo que no falta de gravedad. Las voces de la televisión rebotan en las paredes del hospital, ligeramente, y se expanden casi inaudiblemente con ayuda de otras vibraciones en el edificio.
Es de noche. El cielo no tiene ningún color; o los presenta todos juntos. Las cortinas fueron corridas. La enfermera intenta distinguir entre la oscuridad y la habitación iluminada que se refleja en el doble vidrio de la ventana. –Apenas tiene tres años, dice al teléfono. Su familia no se pone de acuerdo sobre lo que hay que hacer. Su madre la molió a golpes. Nadie sabe por qué. Se desmayó y no ha despertado. Me da mucha lástima verla conectada. Parece que tuviera años dormida. Pero es una niñita.
En medio de su tonada se filtran voces que la niña parece reconocer. Una voz de mujer repite su nombre, buscándola. La llaman, otra vez. La pequeña sonríe hacia el valle del sueño. El elefante sigue su camino y se aleja. La musiquilla para bruscamente y vuelve a comenzar, distorsionada esta vez por sonidos de la televisión, anuncios comerciales. El viento arrastra un lejano olor de carne o de basuras abandonadas en el parque. Huele a humo también. Su madre grita. Sobresalto. La niña fija sus ojos en el desierto de la realidad y tiene miedo. La música se interrumpe y vuelve a comenzar. Los pasos del elefante se dirigen al terreno de la muerte. Una máquina de ritmo cardiaco se detiene, se apaga, silenciosamente.

“19 de febrero de 2014. Tijuana, B.C. Amber Ximena tenía 3 años de edad. Perdió la vida luego de permanecer diez días en coma en el Hospital General, tras ser golpeada por su mamá.”


jeudi 6 mars 2014

« Misery is the river of te world »

For want of a bird / The sky was lost / For want of a nail / A shoe was lost / For want of a life / A knife was lost / For want of a toy / A child was lost
Tom Waits


Sueño que escribo y el gato desespera por salir; maúlla, rasga, se pasea, relame sus patas, salta al sofá y espera –desesperado—por salir. Es de noche; la habitación es clara. Cortinas abiertas, la oscuridad se presenta del otro lado de la ventana; en el vidrio puedo ver reflejado lo que está a mis espaldas. Ante mí, una máquina escribe lo que pienso. El reflejo me inquieta, la noche y la habitación ocupan una misma superficie. Intento distinguir los objetos deformados de la noche. La máquina se detiene.
La escena se repite una y otra vez. Lentamente primero; acelerándose después. El gato va y viene; la noche se presenta detrás del vidrio; sobre los libros cae una luz amarillenta; el gato mira la noche por la ventana. Se detiene. La máquina se detiene. Una y otra vez. El gato amarillento se presenta detrás de la ventana. La oscuridad se deforma en la frontera de la noche. Las cortinas desesperan. Maúllo, rasgo, me paseo. Se detiene. La máquina se detiene. Lentamente primero, y luego veloz, se detiene. Una vez. La noche amarillenta cae sobre los libros. Las cortinas desesperan por salir. Detrás del vidrio la máquina se detiene. Se detiene. Otra y otra y otra vez, detrás de la ventana el golpeteo infernal se aquieta de pronto. La habitación a mis espaldas es clara. Estoy soñando entre la oscuridad y los objetos. La noche se presenta, maúlla, desespera; el gato se refleja y la máquina que escribe lo que pienso se detiene. Se detiene. Se detiene. Así, hasta alcanzar ritmos vertiginosos y que la noche detrás de la ventana sucumba a la luz.


Mientras tanto:

mardi 18 février 2014

Nube negra

Un fantasma se pasea por las ciudades, pueblos y caminos todos. Es el fantasma de nuestra neurosis colectiva. Es el miedo nuestro de la muerte, y el horror de que su mala vecindad nos dure para siempre.

Josué Solís Hernández
(Este texto es una ficción; su fuente no)

El polo norte se pasó para acá desde hace muchos años. Por aquí vive, por la garita de Otay. El mundo a partir de este lugar está dividido en dos: Arriba y Abajo. No importa si la mayoría del tiempo está haciendo un calorcito del demonio, el polo norte es aquí para todos los que vienen de Abajo; aunque a los que están Arriba este pedazo de frontera les parezca más bien un polo sur –el más cercano—para divertirse. Por aquí hemos visto pasar a los chinos traficando extractos de flores y yerbas aromáticas, y a todos los indios y migrantes lejanos que buscan un rinconcito allá arriba donde valer más que unos costales de maíz. Vaya que hemos visto pasar gente. Gente bien norteada, a veces, que no se ha dado cuenta de que está en el punto más alto de los nortes y quieren darle más allá, y más allá se van, por vía de la Juventud. Aparte hay otros muy vivales, muy acelerados con eso que trafican; empistolados en sus camionetonas, y que a la menor provocación tiran balazos. No sin razón les llaman enervantes a esos cristalitos y a esos polvos que ellos usan; justamente, andan enervados, como si se los estuviera llevando el diablo. Pero no es otra cosa sino miedo, lo que llevan encima; han de sentir muy de cerca a la huesuda, para que anden repartiendo balas como si fueran dulces. Ah, cómo se ha llenado últimamente de acelerados y acelerones, de coches robados y de balazos sin sentido y para todas partes. Cómo hemos visto pasar las balas. De policías y de ladrones; de todos los calibres; de todos los colores: negras, azules, verdes... Hace mucho que dejamos de decirle “adiós” a los de las balas verdes, y de preguntarle a los de las azules alguna dirección, alguna seña. Y no por nada, pero ya son pocos los que levantan la mano para preguntar cualquier cosa; ni los niños en la escuela que no hicieron la tarea se quedan tan quietecitos como la raza de a pie cuando vemos una camioneta paseándose por ahí, color que sea. Aquí la única tarea que todos sabemos hacer es la de no meternos con nadie, ni adonde no nos han llamado. Ya vimos la valentía de muchos convertida en un charco de sangre, y a los asesinos muy campantes. Mejor mirar el suelo y caminar para otra parte; no vaya a ser. O hacerse el distraído con un avión que va llegando y otro que se va; con esas ganas de salir volando también de este lugar en donde todo el mundo está de paso, menos nosotros, que quedamos vivos. Hace rato, para no ir muy lejos, por el barrio de las escuelas; estaba yo comprando una paleta de hielo para quitarme el calor, a un carretonero de Helados La Polar, en la esquina de correos, cuando pasó una camioneta a toda velocidad. Nada más escuché un golpe, un frenazo y la gritería de un muchacho levantándose del suelo, diciendo que más cuidado, que se fijaran por dónde chingados pasaban, y maldiciendo enfurecido por la confusión de haber sido atropellado. Era de día y no había nubes en el cielo, pero cuando la muerte pasa por un costado todo se pone oscuro y se sienten palpitaciones cavernosas, aleteos y zumbidos como de abejorros o tábanos gigantes. Yo no vi nada, la verdad. Nadie miró para allá, según dijeron después. Los ojos del carretonero se cerraron, igual que las ventanas. Yo sentí como una nube negra que me envolvía cuando sonaban los disparos, y –ya sé que no me vas a creer, pero—clarito escuché una voz triste y eléctrica, como de una muerta, que me decía: Heme aquí, ya al final, y todavía no sé qué cara le daré a la muerte. El acelerón de la camioneta me sacó del trance, como si se corriera una cortina durante un truco de magia y apareciera, nomás, el cuerpo tirado de un hombre y una bici retorcida, donde antes había un muchacho en bicicleta. La paleta de hielo se me estaba derritiendo entre los dedos. Poco a poco volvió la luz del sol. Poco a poco se fueron abriendo las ventanas.

16/02/2014. Tijuana, Baja California. Un hombre en bicicleta no identificado fue arrollado, para luego ser asesinado a tiros por el conductor de la misma camioneta que lo arrolló; a un lado de la primaria Otto Murillo, sobre la calle Rosario Castellanos, delegación de Otay.

vendredi 14 février 2014

En el cerro de las plumas

¿Quién nos va a decir que nos calmemos? ¿Quién va a asegurar que son casos aislados? ¿Quién es el que aquí está exagerando?

Josué Solís Hernández
(Este texto es una ficción, su fuente no)
Me dijeron que unos hombres se llevaron a mi hermano. Que lo levantaron en una camioneta y se largaron al fondo de la chingada. Horas más tarde llamaron al celular. Era un secuestro de Los Plateados de Altamirano, o quienes quiera que fueran esos hijos del diablo; querían dinero a cambio de mi carnal; dinero, dinero, todo el dinero. Y yo acordándome nomás de las bañadas en el Chacamero, de cuando estábamos morros. Y yo nomás acordándome de las promesas que no le cumplí. Y de las regañadas que nos metía su madre (y la mía) cuando no volvíamos a la casa a la hora que ella mandaba. Y de cómo lloraba el vato cuando no le daban lo que quería; y sus chillidos cuando algo le dolía. Y sí, era él. Clarito se oía que era él en el teléfono, pidiéndome ayuda otra vez. Y luego la voz burlona esa, diciéndome que nomás que avisara a la policía, y que nomás que me tardara con el varo, y que nomás que no me moviera; que los días de mi carnal estaban más contados que sus dedos. Me ordenó que yo no les llamara. Que ellos me iban a decir dónde y cuándo y cómo. Pero eso sí, que querían tanto. Y yo, ¿tanto? Pero... Y colgaron, y ya. Ahí me tienen buscando, pidiendo prestado, sacando lo que teníamos en el banco. Y ahí estoy en la noche, llorando como un loco, pateando las puertas y golpeando las paredes. Hermano. Hermano. Hermano. ¿Dónde estás ahorita? Y el teléfono que no sonaba. Y el dinero ahí, haciendo un ruido raro, como queriéndome hablar. Sonó el teléfono. Me dijeron el lugar y la hora y lo que tenía que hacer. Y ahí voy, con el varo cagándose de risa por su inmortalidad, y con el corazón saliéndoseme de miedo. Y con los ojos rojos. Y el abrazo de mi vieja todavía pegado en la camisa. Y ese olor a flores, ese olor que me decían que a veces baja desde el cerro de las plumas, desde Pungarabato. Y el canto de un tecolote revoloteando en mi cabeza. Y la voz de mi hermano diciéndome que no lo voy a alcanzar. Y su recuerdo corriendo delante de mí, riéndose desesperado y sin poder respirar. “A que no me alcanzas. A que no me alcanzas”. Dejé el dinero, ahí. Lo entregué. Pero... ¿Qué vi entonces? ¿Qué pasó? ¿Por qué no me acuerdo de nada? ¿Los vi? ¿Reconocí a alguien? ¿Qué salió de ese agujero? ¿Qué es eso? Es como si hubiera visto una cara frente a mí; una cara sin rostro que me fuera a tragar vivo. Y entonces me fui corriendo. ¿Dónde está mi carnal? ¿Va delante o viene detrás? No me van a alcanzar estos malditos. No me van a alcanzar.

 
12/02/2014. Ciudad Altamirano, Guerrero. Erasmo González Reyes, de 40 años, fue asesinado a tiros después de pagar el secuestro de su hermano cuando fue seguido y atacado en la calle Pungarabato casi frente a la Casa de la Cultura.”


jeudi 13 février 2014

El problema de no ser muy científico

Tomar en serio no es beber mucho. Yo lo creía así.