mardi 26 avril 2011

Verdadera Historia de la Muerte del Corrido

Viaje en órbita
“Lo mataron”
JOSUÉ SOLÍS HERNÁNDEZ



Ya murió la Cucaracha
ya la llevan a enterrar…

EL género musical conocido como “corrido” es una de las tradiciones productoras de leyendas más enraizadas en nuestras costumbres y en el imaginario social, incluso pudiera decirse que forma parte de la “identidad nacional” mexicana. Pocos pueden resistirse a ese guaco interior que se despierta (aunque no salga) cuando –en una ramada en la playa o en un portal botanero– se escucha un grupo “norteño” narrando con acordeones y cuerdas la tragedia de Emilio Varela que quiso mezclar la traición con el contrabando y de siete balazos murió a manos de Camelia, la texana.
Muchos de los que no se resisten a la tradición preferirán escuchar y entonar el caso de Rosita Alvírez, o el de La Martina, aun más cercano a la problemática cotidiana de la sociedad, pues la infidelidad marital y la falta de pericia para mentir trajeron la muerte “justa” y a quemarropa de una quinceañera (véanse los habituales asesinatos de jovencitas en la frontera norte).
Más cercano de la sociedad, este corrido también es más cercano de la historia, más cercano de aquel corrido lastimero de Román Castillo con su caballo herido, y de los romances viejos españoles, y del Cid Campeador que en buena hora ciñó su espada, y del rey don Rodrigo, ultrajador de la sobrina del Conde don Julián, quien en venganza abrió las puertas y los puertos a los sables sedientos de sangre portados por los árabes.
También los españoles fueron sometidos por siglos, y durante ese tiempo de jodidez desarrollaron la costumbre de cantarse romancillos de pueblo en pueblo, con afán de pasarse noticias y razones. Romancillos que por azar llegaron en barco hasta este lado del mundo, y que en México –luego de varios siglos de aquella esclavitud que sirvió de escarmiento para los naturales de las Indias tanto como de sangriento frenesí para los ultramarinos– a aquellos versos octosílabos les dimos su revolcada insurgente y liberal, para luego organizar su reestreno durante la Revolución Mexicana, allá en el norte, cuando se cantaban de corrido las noticias y razones de lo que ya había pasado y lo que estaba por venir; ante un buen fuego, con un carrujo en la boca, un fusil o una guitarra entre las manos. ¡Cuántas lunas rojas pasaron y pasarán luminosas y oscuras sobre la voz cantante de los pueblos!
En la década de los sesenta –del siglo XX– los gomeros de opio hicieron famosas algunas de sus proezas contrabandistas gracias al corrido; y los salteadores de caminos comenzaron a ser los reyes de las carreteras, que no es lo mismo aunque venga siendo igual. La radio se llenó de melodías con acordeón y don Chalino y don Ramón vinieron a hacer antesala a los famosos Tigres. Todos del norte, siempre en el norte, como si aquella zona mexicana fuera un país diferente; pero no, el norte de México es quizá el México más puro, más auténtico, más cliché, donde el sombrero sigue sirviendo para taparse el sol, y el poder efectivo se pasea con botas en medio del desierto, empuñando una pistola cuyo cañón canta un himno de sonoro rugir.
El corrido fue fiel reflejo de esa época (la de los gomeros), porque ésa era su función. Pero vino luego lo que muchos llamaron “apología del crimen”, a través de la música de explotación… Fue entonces que el mal conocido y despreciado “narcocorrido” hizo su aparición en escenarios, trocas y casas disqueras. Historias macabras plagadas de lugares comunes y de balas se convirtieron en una verdadera amenaza para México que pronto se hizo realidad en valles y desiertos, en todo camino y toda ciudad. México está en el norte; y la muerte también. El pulso mexicano de último minuto está conectado a reglas de último milenio; las mismas reglas de aquel imperio decadente por sangriento; las mismas reglas de la espada victoriosa por sangrienta; las mismas reglas de las complejísimas guerras ilustradas, por sangrientas; las mismas reglas sangrientas de la dictadura, de la bola, del partido, del petróleo, de la banca, del saqueo, de la liberación y de sus máscaras sangrientas. El Estado Fallido se merece un buen corrido, por matón. Pero a nuestro romancero lo mataron.
Hace poco, en internet, me topé con varias versiones de un corrido muy curioso por absurdo: el corrido de "Lo mataron". La canción es simple, y con cualquier tonadita norteña X el lector podrá fácilmente hacerse una idea: “Lo mataron, lo mataron; lo mataron, lo mataron… etcétera” Durante 3 minutos y varias estrofas se repite la misma afirmación, que en sí misma parece decirlo todo: Lo mataron, y no hay más que contar. No hay sujeto, no hay principio, ni final. Sólo nos queda el verbo: “matar, matar, matar”, suspendido en una melodía circular que de tanto repetirse se vuelve eterna. Matar, un verbo tan humano pero a su vez tan mexicano, tan tradicional.
Tal parece que la tormentosa actualidad de este país da por sentado de qué se trata el negocio y la aventura, la noticia y la razón; que no es necesario dar explicaciones, que se habla de algo muy bien sabido por todos. La canción es económica, porque con tanto muertito que anda apareciendo, “lo mataron” se puede entonar (y se entona) a mansalva sin temor a equivocarse de sujeto, ni de historia. Tal parece, también, que –de tanto reciclarse– los antihéroes del narco se convirtieron en un producto “agotado”, que en este baile de las balas quienes se están cansando primero son los músicos, y que el corrido ya no puede caminar. Descanse en paz, si de veras lo mataron.

vendredi 25 mars 2011

Una pequeña cita Bolaniana

Bolaño, R. (2011) Los sinsabores del verdadero policía, Ed. Anagrama, Barcelona. pp. 25 y 26, y luego de 21 a 24.

2
Cuando Padilla tenía cinco años murió su madre, cuando tenía doce murió su hermano mayor. A los trece decidió que sería artista. Primero pensó que lo suyo era el teatro y el cine. Luego leyó a Rimbaud y a Leopoldo María Panero y quiso ser poeta además de actor. A los dieciséis había devorado literalmente toda la poesía que caía en sus manos y tuvo dos experiencias (más bien lamentables) en el teatro de aficionados de su barrio, pero no era suficiente. Aprendió inglés y francés, hizo un viaje a San Sebastián, al psiquiátrico de Mondragón, e intentó visitar a Leopoldo María Panero, pero los médicos, después de verlo y escucharlo durante cinco minutos, no lo dejaron.
A los diecisiete era un muchacho fuerte, culto, irónico, con brotes de violencia. En dos ocasiones llegó a la agresión física. La primera, mientras paseaba por la Ciudadela con un amigo, otro poeta, y dos jóvenes skinheads los insultaron. Posiblemente los llamaron maricas o algo así. Padilla, que de ordinario él mismo hacía esta clase de burlas, se detuvo, se acercó al más fornido y de un golpe en el cuello lo dejó sin aliento; cuando el muchacho hacía esfuerzos por mantener el equilibrio y al mismo tiempo respirar fue derribado de una patada en los testículos; su compañero intentó ayudarlo pero lo que vio en los ojos de Padilla fue superior a su grado de camaradería y optó por alejarse a la carrera del lugar del altercado. Todo fue muy rápido. Antes de marcharse, Padilla aún tuvo tiempo para patear un par de veces la calva cabeza de su contrincante caído. El joven poeta amigo de Padilla estaba horrorizado. Días después, al reprocharle su actitud (sobre todo la agresión última, las patadas gratuitas al enemigo en el suelo), Padilla respondió que contra los nazis él se permitía cualquier capricho. La palabra capricho en los labios adolescentes de Padilla sonaba como golosina. ¡Pero tú cómo sabes que eran nazis!, dijo su amigo. Iban rapados, respondió Padilla con ternura, en qué mundo vives. Además, añadió, la culpa es tuya, si recuerdas bien aquella tarde íbamos discutiendo sobre el amor, el Amor con mayúsculas, y tú todo el rato no hacías más que llevarme la contraria, refutando mis argumentos por ingenuos, pidiéndome que pusiera los pies en la tierra; cada frase tuya, que ponía en cuestión mis sueños, era como un martillo golpeándome el pecho. Luego aparecieron los skinheads y al dolor acumulado, que tú bien conocías, se añadió el dolor de la incomprensión.
(…)

1

Para Padilla, recordaba Amalfitano, existía literatura heterosexual, homosexual y bisexual. Las novelas, generalmente, eran heterosexuales. La poesía, en cambio, era absolutamente homosexual. Dentro del inmenso océano de ésta distinguía varias corrientes: maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos (1). Las dos corrientes mayores, sin embargo, eran la de los maricones y la de los maricas. Walt Whitman, por ejemplo, era un poeta maricón. Pablo Neruda, un poeta marica. William Blake era maricón, sin asomo de duda, y Octavio Paz marica. Borges era fileno, es decir de improviso podía ser maricón y de improviso simplemente asexual. Rubén Darío era una loca, de hecho la reina y el paradigma de las locas (en nuestra lengua, claro está; en el mundo ancho y ajeno el paradigma seguía siendo Verlaine el Generoso). Una loca, según Padilla, estaba más cerca del manicomio florido y de las alucinaciones en carne viva mientras que los maricones y los maricas vagaban sincopadamente de la Ética a la Estética y viceversa. Cernuda, el querido Cernuda, era un ninfo y en ocasiones de gran amargura un poeta maricón, mientras que Guillén, Aleixandre y Alberti podían ser considerados mariquita, bujarrón y marica respectivamente. Los poetas tipo Blas de Otero eran, por regla general, bujarrones, mientras que los poetas tipo Gil de Biedma eran, salvo el propio Gil de Biedma, mitad ninfos y mitad maricas. La poesía española de los últimos años, exceptuando si bien con reticencias, al ya nombrado Gil de Biedma y probablemente a Carlos Edmundo de Ory, carecía de poetas maricones hasta la llegada del Gran Maricón Sufriente, el poeta preferido de Padilla, Leopoldo María Panero. Panero, no obstante, había que reconocerlo, tenía unos ramalazos de loca bipolar que lo hacían poco estable, clasificable, fiable. De los compañeros de Panero un caso curioso era Gimferrer, que tenía una vocación de marica, imaginación de maricón y gusto de ninfo. El panorama poético, después de todo, era básicamente la lucha (subterránea), el resultado de la pugna entre poetas maricones y poetas maricas por hacerse con la Palabra. Los mariquitas, según Padilla, eran poetas maricones en su sangre que por debilidad o comodidad convivían y acataban –aunque no siempre—los parámetros estéticos y vitales de los maricas. En España, en Francia y en Italia los poetas maricas han sido legión, decía, al contrario de lo que podría pensar un lector no excesivamente atento. Lo que sucede es que un poeta maricón como Leopardi, por ejemplo, reconstruye de alguna manera a los maricas como Ungaretti, Montale y Quasimodo, el trío de la muerte. De igual modo Pasolini repinta a la mariquería italiana actual, véase el caso del pobre Sanguinetti (con Pavese no me meto, era una loca triste, ejemplar único de su especie). Para no hablar de Francia, gran lengua de fagocitadores (2), en donde cien poetas maricones, desde Villon hasta Sophie Podolski, cobijaron, cobijan y cobijarán con la sangre de sus tetas a diez mil poetas maricas con su corte de filenos, ninfos, bujarrones y mariposas, grandes directores de revistas literarias, grandes traductores, pequeños funcionarios y grandísimos diplomáticos del Reino de las Letras (véase, si no, el lamentable y siniestro discurrir de los poetas de Tel Quel). Y no digamos nada de la mariconería de la Revolución Rusa, en donde, si hemos de ser sinceros, sólo hubo un poeta maricón. ¿Quién?, te preguntarás. ¿Maiakovski? No. ¿Yesenin? Tampoco. ¿Pasternak, Blok, Mandelstam, Ajmátova? Menos. Sólo uno, y ahora te saco de la duda, pero eso sí, maricón de las estepas y de las nieves, maricón de la cabeza a los pies: Jlébnikov. Y, en Hispanoamérica, ¿cuántos maricones verdaderos podemos encontrar? Vallejo y Martín Adán. Punto y aparte. ¿Macedonio Fernández, tal vez? El resto, maricas tipo Huidobro, mariposas tipo Alfonso Cortés (aunque éste tiene versos de maricona auténtica), bujarrones tipo León de Greiff, ninfos abujarronados tipo Pablo de Rockha (con ramalazos de loca que hubieran vuelto loco a Lacan), mariquitas tipo Lezama Lima, falso lector de Góngora, y junto con Lezama todos los maricas y mariquitas de la Revolución Cubana salvo Rogelio Nogueras, que era una ninfa con espíritu de maricón, para no mencionar sino de pasada a los poetas de la Revolución Sandinista: mariposas tipo Coronel Urtecho o maricas con voluntad de filenos tipo Ernesto Cardenal. Maricas también son los Contemporáneos de México (¡no, gritó Amalfitano, Gilberto Owen no!), de hecho “Muerte sin fin” es, junto con la poesía de Paz, la Marsellesa de los nerviosísimos poetas mexicanos. Más nombres: Gelman, ninfo, Benedetti, marica, Nicanor Parra, mariquita con algo de maricón, Westphalen, loca, Pellicer, mariposa, Enrique Lihn, mariquita, Girondo, mariposa. Y volvamos a España, volvamos al origen: Góngora y Quevedo, maricas; San Juan de la Cruz y Fray Luis de León, maricones. Ya está todo dicho. Y ahora, para saciar tu curiosidad, algunas diferencias entre maricas y maricones. Los primeros piden hasta en sueños una verga de treinta centímetros que los abra y fecunde, pero a la hora de la verdad les cuesta Dios y ayuda encamarse con sus chulos (3). Los maricones, en cambio, pareciera que vivan permanentemente con una polla removiéndoles las entrañas y cuando se miran en un espejo (acto que aman y odian con toda su alma) descubren, en sus ojos hundidos, la identidad del Chulo de la Muerte. El chulo, para maricones y maricas, es la palabra que atraviesa ilesa los dominios de la nada. Por lo demás, y con buena voluntad, nada impide que maricas y maricones sean buenos amigos, se plagien con finura, se critiquen o se alaben, se publiquen o se oculten mutuamente en el furibundo y moribundo país de las letras.
—Te faltó la categoría de los simios parlantes –dijo Amalfitano cuando por fin Padilla se Calló.
—Ah, los simios parlantes –dijo Padilla–, los monos maricones de Madagascar que no hablan para no trabajar.

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(1) (Según la RAE y sólo la rae.es): // maricón. 1. m. vulg. marica (‖ hombre afeminado). adj. 2. m. vulg. sodomita (‖ hombre que comete sodomía). 3. m. insulto grosero con su significado preciso o sin él. // marica. (Del dim. de María, n. p. de mujer). 1. f. urraca (‖ pájaro). 2. f. En el juego del truque, sota de oros. 3. m. coloq. Hombre afeminado y de poco ánimo y esfuerzo. 4. m. coloq. Hombre homosexual. 5. m. insulto con los significados de hombre afeminado u homosexual o sin ellos. // mariquita. (Del dim. de marica). 1. f. Insecto coleóptero del suborden de los Trímeros, de cuerpo semiesférico, de unos siete milímetros de largo, con antenas engrosadas hacia la punta, cabeza pequeña, alas membranosas muy desarrolladas y patas muy cortas. Es negruzco por debajo y encarnado brillante por encima, con varios puntos negros en los élitros y en el dorso del metatórax. El insecto adulto y su larva se alimentan de pulgones, por lo cual son útiles al agricultor. 2. f. Insecto hemíptero, sin alas membranosas, de cuerpo aplastado, estrecho, oval, y como de un centímetro de largo, cabeza pequeña, triangular y pegada al coselete, antenas de cuatro artejos, élitros que cubren el abdomen, y patas bastante largas y muy finas. Es por debajo de color pardo oscuro y por encima encarnado con tres manchitas negras, cuyo conjunto se asemeja al tao de San Antón o al escudo de la Orden del Carmen. Abunda en España y se alimenta de plantas. 3. f. perico (‖ ave trepadora). 4. f. Arg. Baile popular que ejecutan varias parejas puestas frente a frente, con un pañuelo blanco en la mano, acompañadas por un guitarrista cantor. 5. f. Arg. Música y cante con que se acompaña este baile. 6. m. coloq. Hombre afeminado. // loco, ca. (Quizá del ár. hisp. *láwqa, y este del ár. clás. lawqā', f. de alwaq, estúpido; cf. port. louco). 1. adj. Que ha perdido la razón. 2. adj. De poco juicio, disparatado e imprudente. 3. adj. Dicho de cualquier aparato o dispositivo: Que funciona descontroladamente. La brújula se ha vuelto loca. 4. adj. Que excede en mucho a lo ordinario o presumible. en sent. positivo. Cosecha loca; Suerte loca. 5. adj. Dicho de las ramas de los árboles: Viciosas, pujantes. 6. adj. Fís. Dicho de las poleas u otras partes de las máquinas: Que en ocasiones giran libre o inútilmente. 7. m. y f. coloq. Nic. y Ur. Entre jóvenes, para dirigirse o llamar a otro. 8. f. Hombre homosexual. 9. f. coloq. eufem. Arg., Cuba y Ur. Mujer informal y ligera en sus relaciones con los hombres. 10. f. coloq. eufem. Arg. y Ur. prostituta. // bujarrón. (Del it. buggerone, y este del lat. tardío bŭgerum). 1. adj. sodomita. (Del lat. bíblico Sodomīta, este del gr. Σοδομῖτις, y este del hebr. sĕdōm, Sodoma). 1. adj. Natural de Sodoma. 2. adj. Perteneciente o relativo a esta antigua ciudad de Palestina. 3. adj. Que comete sodomía. ((De Sodoma, antigua ciudad de Palestina, donde se practicaba todo género de actos deshonestos). 1. f. Práctica del coito anal.)) // mariposa. (De Mari, apóc. de María, y posa, 2.ª pers. de sing. del imper. de posar). 1. f. Insecto lepidóptero. 2. f. Pájaro común en la isla de Cuba, de unos catorce centímetros de longitud total, con el vientre y rabadilla rojos, lomo de color verde claro y alas aceitunadas. Se cría en domesticidad por su canto. 3. f. Pequeña mecha afirmada en un disco flotante y que, encendida en su recipiente con aceite, se pone por devoción ante una imagen o se usa para tener luz de noche. 4. f. Luz encendida a este efecto. 5. f. Forma de natación en que los brazos ejecutan simultáneamente una especie de rotación hacia delante, mientras las piernas se mueven juntas arriba y abajo. 6. f. Taurom. Suerte de correr las reses abanicando con el capote a la espalda y dando el diestro la cara al toro. 7. f. Cuba. Planta herbácea de hojas lanceoladas y flores blancas, muy olorosas en forma de mariposa, que crece en lugares húmedos y se reproduce por rizomas. 8. f. Cuba. Flor de esta planta. Es la flor nacional de Cuba. 9. f. Hond. tronera (‖ juguete de papel plegado). 10. f. Hond. Instrumento para regar, en forma de hélice o de grifo giratorio que, unido a una manguera, hace que el agua se esparza de manera uniforme. 11. f. Hond. Hélice del motor de una lancha. 12. m. coloq. Hombre afeminado u homosexual. // ninfo. (De ninfa). 1. m. coloq. Narciso (m. Hombre que cuida demasiado de su adorno y compostura, o se precia de galán y hermoso, como enamorado de sí mismo.) // fileno, na. (De Filena, nombre de mujer). 1. adj. coloq. Delicado, afeminado.
(2) // fagocitosis. 1. f. Biol. Captura de partículas microscópicas que realizan ciertas células con fines alimenticios o de defensa, mediante la emisión de seudópodos.
(3) // chulo, la. (Del mozár. šúlo, y este del lat. sciŏlus, enteradillo). 1. adj. Que habla y obra con chulería. 2. adj. chulesco. 3. adj. Lindo, bonito, gracioso. 4. adj. Guat., Hond., Méx. y P. Rico. guapo (‖ bien parecido). 5. m. y f. Individuo de las clases populares de Madrid, que se distinguía por cierta afectación y guapeza en el traje y en el modo de conducirse. 6. m. Hombre que ayuda en el matadero al encierro de las reses mayores. 7. m. Hombre que en las fiestas de toros asiste a los lidiadores y les da garrochones, banderillas, etc. 8. m. rufián (‖ hombre que trafica con mujeres públicas). 9. m. Col. zopilote.

lundi 6 décembre 2010

La grande découverte

He pasado 28 años de mi vida perdiendo el tiempo. Mirar el paisaje, a veces me ha inspirado bellos poemas que nunca he llevado al papel. Pero ¿qué pueden importar los poemas que no he escrito? He leído frente a reducidos públicos mis disparates, aquello que sí alcancé a escribir, lo que me salió de la cabeza una hora antes, lo que vomité de ira sin pensar en las palabras, lo que me forcé a decir cuando no había nada interesante en mis ideas. Pura basura. Me mostré ante la gente que me vio nacer, ante los que me vieron aprender a andar en bicicleta, me mostré como escritor de la manera más soberbia y desprecié a algunos amigos que preferían la religión y leían la biblia como si en aquellos textos pudieran encontrar el secreto del mundo, buscando la salvación. Yo prefería hundirme en el abismo y así lo dije entonces. Ahora, una década más tarde, sigo en el abismo. He decidido que me he dado cuenta que no tengo nada que decir. Y aún así me gusta creer que mi pensamiento puede traducirse en un mensaje que transforme… (¡ja!) ¿Pero qué hay que transformar del mundo si todo está resuelto? Qué egoísmo el heroísmo. No lo puedo negar, nada puedo hacer contra ello (el egoísmo); es quizá la única gran característica que unifica a la Humanidad entera (el egoísmo), esa especie de animal que ha decidido que el mundo fue creado para su aprovechamiento y que si no hay signo de progreso la sociedad no existe, y que la sociedad es indispensable para el ser humano, y que el ser humano es lo más importante que hay en el universo, porque no es posible que un simio o una pulga o un murciélago o una puta hormiga puedan leer este mensaje imbécil dirigido para los únicos animales que saben interpretarlo.
Ah, pero qué bonito es vivir. Pensar en cambiar el mundo, pensar en la instauración de la paz a la mitad del caos, soñar con detener el mal, planear, discutir, prepararse ingenuamente para hacer la revolución, creer que el futuro va a ser mejor, hacerse el héroe: PATRAÑAS de la HUMANIDAD como su SANGRE derramada. La pobre humanidad es apenas una patraña en el universo entero y al mismo tiempo forma parte de su infinito centro. Qué risa dan los banqueros, los gobernantes (los del mundo), los soldados, qué risa los asesinos. Todos, cada hombre sobre la tierra, cree, así sea el más idiota, que lo que hace, a eso que dedica su tiempo cada una de las piruetas planetarias, todos creen que forman parte de algo IMPORTANTE sobre la tierra. Aunque las hay, personas, que sólo prefieren cambiar el canal de la televisión, sin compromiso alguno, sin hacerse ningún problema en sus neuronas, sin reparar en el gran aparato de mierda que sostiene el juego de luces que tintinea sobre su pantalla como en el cielo las estrellas, más allá de esos satélites en lo alto, más allá de toda esta basura electromagnética que atraviesa el vacío de nuestros cuerpos. Hay otros, humanos, que prefieren mirar las estrellas, tampoco ellos valen nada.
He pasado 28 años perdiendo el tiempo. Y ahora que lo sé... todavía no tengo nada que decir. Quizá para ganar el tiempo, habré de pasar 28 años perdiéndome a mí mismo.

jeudi 11 novembre 2010

Andamos

Arrieros del destino, vamos andando.
Hoy nuestra única verdad es Nunca,
y no sabemos si fuimos o seremos. (…)
Hemos perdido de la carne la memoria; (…)
manojo del olvido, atado de raíces sin recuerdo,
recorremos veredas de apariencia infinita,
saltamos de una a otra
rumbo a dónde, rumbo a cuándo.
Hemos hecho con la Sal historia,
y con la luz de Sol rutina para el verbo:
que ya voy, que ya veo, que ya soy, que ya tengo.

jeudi 16 septembre 2010

poema a grito abierto

…al sonoro rugir del cañón…

Vive el México que hoy tumba en mis entrañas;
ese país que todavía no he visto,
o el que con tanto afán barre sus calles,
a pesar de la furia, los vientos y del polvo…

Vive el México que en mí ha tomado forma
porque soy individuo, soy un pueblo;
porque puedo cantar y bien recuerdo
de la infancia los ritmos y las coplas…

Vive la patria que hoy no me abandona
porque a lo lejos yo sigo coronado
con sombrero de charro y un zarape;
campesino o fantoche, ahora exiliado...

Ruge el cañón desde la patria mía,
dirá el poeta embriagado a la distancia;
ruja el cañón, entonces –qué ironía—,
la guerra ha dado un grito esta mañana.

Embriagado de rabia y de recelo
pienso en el corazón del mexicano
pobre, ignominioso, ataviado de anhelo,
lleno de chispas como cuete en el aire,
no sabe a dónde va, ni a qué hora llega;
mentiroso, mañoso,
enfermo de un dolor que no conoce,
solo termina con su mundo y vuelve a verse
en el espejo del antagonismo como su propio mal.
Mendigo de la historia,
que todo lo ha perdido aunque todo lo tiene,
orgulloso de su precariedad vuelve a embriagarse
pensando que en el espejo se le guarda
un futuro mejor, una corona
–no sombrero de charro, ni una aureola—
de oro y de cristal, como de reyes.
Grita vivan los héroes y todos los colores
que adornan los recuerdos de una historia inventada;
grita y vuelve a gritar, cerrando la ventana
con el miedo a un asalto de metralla.
No posee un mejor bien, ni aun mayor mal,
que una vida, una muerte,
un gran final como el de cualquier otro;
sangre sobre la tierra / cadáver en pedazos,
más de los que podría contar quien ya no cuenta dedos,
ni cerebro, ni retazo de ser, ni una conciencia.

Mexicanos…

Josué Solís Hernández / 16 de Septiembre de 2010

lundi 19 avril 2010

Late la prensa

En el principio fue el árbol, y dije YO, hágase el papel; y el papel se hizo. Cuando vi que el papel era bueno dije: Hágase la tinta. Y la tinta se hizo. Háganse la pluma y la escritura, la voz y la palabra. Pero la palabra ya había sido hecha.”


De cierto digo que más de alguna vez, mi Yo lector se ha hallado ante periódicos de tan mala cabeza, como ligeros de cuerpo. Nada que hacer, el mercado de las palabras es así: de lo que vendes comes, de lo que comes vives, de lo que vives sabes, de lo que sabes hablas, de lo que hablas escribes, y de lo que escribes vendes. Ni virtuosa ni viciosa, pero circular, así es la vida tras el papel de la mañana, o de la tarde.




Hay los “diarios” (por su frecuencia) que dedican sus páginas editoriales a criticar a sus anchas -y flacas- sobre lo que no conocen pero soslayan con malicia de oficiosos. Periódicos que se enrolan en batallas de “indagación periodística” contra todo personajito que les parece enemigo de sus muy particulares ideales, y desde su flanco y frente hablan contra los otros, escriben contra los otros, se venden contra los otros. Y bien que comen.




Hay los “cotidianos” (por su género) que prefieren permanecer en la absoluta discreción respecto de lo que averiguan sin propósito, y -con cara de preocupación social- anuncian la pobreza inevitable en pueblos que nadie conoce, para entregarse luego a informaciones tan oficiales, con caras tan felices, que hasta da gusto saber que son pocos los pobres y muchos los festejados en la sección de sociedad, glamour y quinceañeras. De sus editoriales ni se diga; cuando no disparan elogios al aire, se burlan de los adversarios del gobierno en turno, y hasta se dan el lujo de recomendar tal o cual maniobra política a los mandatarios y rectores. Periódicos escribas de política-ficción, meretrices adiestradas en el arte del bien lamer la mano que les alimenta.




Y hay los “rotativos” (por su impresión) que son más que prudentes, hocicones, y más que indagadores, pendencieros. Periodistas testarudos que saben muy bien que el oficio del que viven no les va a alcanzar para comer, pero venden lo que escriben para darles de que hablar a los que saben. En sus páginas se pueden encontrar fatalidades como buenas nuevas, ortografías patéticas como voces pusilánimes; y el lector bien avezado puede vislumbrar en sus editoriales una falta de pecunia y tacto muy particular de los abandonados a su suerte.

La prensa es así. Cada periódico llega volando a su destino. Los lectores que a diario echan un ojo en las páginas matutinas o la siesta, deben saber de lo que hablo, y apuesto a que no tendrían mucho que responder al respecto.

vendredi 5 mars 2010

"Adivina quién soy"

El basilisco crea el desierto. A sus pies caen muertos los pájaros y se pudren los frutos.
J. L. Borges (Manual de zoología fantástica)

(Un pedazo de alma que antes vivía presa se ha escapado por algún punto frágil de mi claustro. Vuela alrededor de mí y se estrella contra las barreras de mi piel, como si me invitara a mostrar mis reversos al aire.)

En el interior de mi casa, me quedo muda, cierro los ojos y pienso que estoy ciega. Quiero abrazarte, pero estás tan lejos, tan en otro mundo. Ya no quiero hablar, mi lengua me detesta. Si me sentara a contemplar las palabras que salen de mi voz: todas se desbaratarían como piel tras veinte años de entierro, caerían porosas sobre el piso de esta casa en la que vierto mi respiración.
Un aliento de basilisco brota de mi boca y tengo miedo de desintegrar tus labios. Mi corazón rebosa de sangre y mi lengua es rosa, pero siento que mi cuerpo se hace gris, como una planta volcánica. Soy una mentira de la materia; zombi de hechiceros afligidos. Mi voz es la sombra de la tristeza y yo no soy más yo. Haré tu voluntad, si tú lo pides, pero no me pidas nada; lárgate de mí, pero no me abandones. Estoy aquí, inerme, ante el silencio de tu presencia blanca; en tu blanca y silenciosa presencia, inerme estoy, aquí.
Tengo el fondo de los aires en mi espalda y mis pulmones se hinchan nuevamente con el fuego de mi esencia. Basilisco, cuerpo de lombriz, pico de gallo, animal abstracto que todo desintegra. Ardo en ardor. Como las aves, temo a todo lo que repta, pero no puedo escapar, porque no tengo alas; me defiendo apenas con esta voz supurante que sale de mi cuerpo. Y grito aaah… y nadie escucha.





¿Hace cuántos años comenzó la metamorfosis de este cuerpo que se ensancha sin cesar? Hasta la casa sigue siendo la misma, y sólo algunas cuarteaduras telúricas que han escapado a su voluntad muestran el paso de las décadas en sus paredes; mientras que yo -tan encanecida- me miro en el espejo, mis ojos miran mis ojos, y no me reconozco así, con la ortopedia en la sonrisa, el llanto reprimido, estos vericuetos en la piel que guardan sudores viejos. Tengo un aullido en el centro de mi cuerpo que se retiene con su propio eco. El rugido interno de “no quiero nada” responde “sí mi amor” a tus palabras. “Fuera de aquí”, siseo como una serpiente constrictora embravecida, pero mis labios dicen “ven a mí”, y quiero tragarte. Tú me abrazas con amor, estrechando tu pecho con mi espalda me das cariño y separas mis cabellos con tus dedos; yo me hago estatua de piedra y me muerdo las entrañas para decir “te amo”. Y te amo, de verdad.
Luego callo. Tú te vas a trabajar y yo me quedo sola, como nací, como siempre estoy sin que lo sepas. En mi cabeza resuenan pensamientos. “Si alguien te pregunta dónde estoy, diles que me fui pa’l norte; diles que estoy más muerta y más enterrada que Cleopatra; diles que no sabes nada, que hace mucho tiempo que vives solo en la casa, tú y tu perro faldero. Si alguien te pregunta cómo estoy, diles que estoy hermosa, que brillo en la oscuridad como los peces de las profundidades; diles que me casé con un viejo que era rico y que me fui pa’l norte; diles que me fui pa’l norte.” Suena el teléfono. No quiero responder pero ese ruido tiritiritiri, aaaaah… qué coraje. ¿Bueno?

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(Datos de la imagen:
Autor: Cristina Alejos Cañada.
Título: Mujer Acróbata.
Imagen tomada de: www.pinturayartistas.com)

vendredi 12 février 2010

La redención del niño envuelto

Tengo sed de sangre, soy tu corazón

Sentado en una colina de yerbas reverdecientes, el pequeño Solín miraba pacer las vacas a medio tiro de piedra. Era un niño pensando en el silencio, tratando de escuchar la lejanía; un niño envuelto en el calor que se levanta de la tierra en temporada de pólenes al aire. Cuando tenía una idea, la sonrisa de observador infantil se dibujaba despacito en la comisura de sus labios de dragón (signo chino que le fue negado). Nunca esperó recibir ninguna epifanía a través de las imágenes vacunas; eran ellas mismas la revelación de su secreto. Así pasaba las tardes cuando no tenía deberes y el regaño de la madre no le podía alcanzar.

Con apenas cinco años y medio, Solín era un jovencito libre, de pies cortos y pensamientos largos y deformes. Sus padres construyeron en su entorno una muralla de papel que nunca se atrevió a cruzar por propia voluntad. No tenía idea de lo que dice pobreza, pues sólo sabía sobre las mieles del contrario. Lejos estaba entonces de conocer el odio. La tristeza y las lágrimas vinieron a sus ojos una vez, a fuerza de imaginar la madre muerta. En aquel momento ése era su único temblor.

Sí, Solín asimiló la muerte en los potreros, donde los semovientes de ojo oscuro rumiaban de pie, junto al esqueleto de sus semejantes venidos a podredumbre y tábanos zumbando. Un animal va desapareciendo de la superficie de la tierra poco a poco, mientras todos los demás (pájaros, mayates, moscas, perros o coyotes) recogen un trozo de su cuerpo y se lo tragan en un acto de profundo amor. Solín los había visto. “Cuando muera mi mamá, seré yo quien coma la primera parte”, pensaba el pequeño, con los ojos llenos de dolor; “luego dejaré que los demás escojan un pedacito, el que ellos quieran. Pero su cabeza se quedará conmigo para siempre… y cuando yo sea grande y un día me muera, quiero que me echen al río con la cabeza de mi madre amarrada a un hilo”.



De su padre nunca pensó que se fuera a morir, y fue el primero que lo hizo. Un día recibió el disparo de un caporal enfurecido. La madre de Solín lloraba a gritos; los hombres de la hacienda salieron a la busca del infame; la familia se encargó del cadáver y palabras para los que exigían explicaciones. Del cuerpo de su padre Solín no pudo comerse ni un pedazo; su abuela (materna) se ocupó de explicarle que desde ese día la casa de sus tíos sería su nuevo hogar, en la ciudad oscura, donde las calles son de humo y no hay potreros. “El doctor le recetó a mamá salir de viaje para descansar”, no había de qué preocuparse, “pronto las cosas volverán a ser como antes, pero sin papá”. La mujer lloraba mientras el niño pensaba en el silencio.
Durante varios días no pudo cerrar los ojos. El cuerpo muerto de su padre estaba a tantos kilómetros de ahí, con tantas toneladas de tierra encima y un sello inviolable de cemento en el que podían leerse algunos nombres. Junto a la tumba la familia (paterna) sembró un rosal del que brotaba carne viva.

Cuando la madre de Solín volvió del viaje, meses después, el pequeño pisó el cementerio por primera vez. “¿Por qué no nos comimos a papá?” preguntó el niño a su madre. Ésta no respondía nada, sólo miraba con ojos de estupor la figura de su pequeño retoño que lanzaba su pregunta, y la miraba abierto como un cáliz. Debajo de la tierra crepitaban los gusanos, y las raíces del rosal se estiraban hasta las puertas del cielo. Sin pensar, la madre cortó una rosa como sangre y la extendió hasta las manos de Solín, quien la tomó tembloroso, abriendo lentamente sus labios de dragón.

lundi 11 janvier 2010

El despertar de Tonga

Te diste el tiempo de sitiarme y tomaste mi libertad, a sorbos desesperados. Ah, bestiecilla del fuego, ahora despierto aquí, en la orilla de este río infernal a donde me has traído para desatar mis manos y dejarme escapar…


Siempre lejos del cráter, los colimenses hemos visto crecer la piedra ardiente como si fuera una hija. No le tenemos miedo. Sólo aquellos débiles de espíritu se alarman cuando escuchan los rumores de la destrucción venidera; sin embargo aquí seguimos. No nos es ajeno un día en la vida -sea de mañana o tarde, siempre con la claridad bondadosa del sol-, en que miramos -alta como el cielo- esa columna boreal de escoria y humo que anunciaba profunda e incandescente la catástrofe esperada; y no le tuvimos miedo entonces, tampoco. Contrariamente salimos a los balcones, fuimos a las poblaciones cercanas y tomamos fotografías para el recuerdo y la anécdota.








Sólo la pesada ceniza que llovió después sobre la ciudad nos sacó de nuestros quicios. Convertida en un pegoste duro en los resumideros, en las cañerías y en los tejados, se quedó rígida como la memoria de un abuelo que no se cansa de contar historias aprendidas al pie de una fogata arcaica, sumergido en la oscuridad nocturna de aquel tiempo en que todo eran palabras -destino infinito de los hombres-.




Causa un tanto de ternura el temor de quienes sienten el mundo de sus ojos como el único equilibrio. Aquéllos que al llegar a cualquier sitio se ubican por instinto en el lugar más cercano a la salida de emergencia, y contando a las personas que dentro pudieran entrar en pánico, deciden de una vez a quién socorrerán primero en un caso de sismo o explosión desastrosa. Héroes que sin mayor poder que su imaginación salen victoriosos ante cualquier peligro natural que pueda acechar por tierra y aire -terribles elementos rectores del estado de sitio en que se desarrolla la historia de nuestra existencia-.



Y aún así aquí estamos, al borde de la muerte colectiva que se anuncia en los encabezados de la prensa; al pie de la tormenta de fuego que pronto ha de caer sobre nuestras cabezas. Ensortijamos nuestros sueños malditos todas las mañanas, lanzándolos después por la ventana como proyectiles de lo alto hasta el jardín y las calles. En ese afán de creer que estamos al final del mundo, las montañas crujientes y los alaridos del viento en el invierno nos sirven de pretexto para dramatizar la vida y la tranquilidad con que la tierra se renueva sin saberlo, y sin necesitar saberlo.
Llaima, Popocatépetl, Tonga, Galeras, Redoubt, Paricutín, Merapi, todos son colegas de Colima en latitudes diversas y altitudes angustiosas. Cubiertos de nieve y fuego, o de ácidas arenas y vapores; ardiendo bajo del mar, al pie de una gran fosa marina o como gran recipiente de un lago de la muerte… estos respiraderos del abismo han penetrado en la memoria de todos los vivos que pueblan esta tierra. Los dragones inconscientes buscan apoderarse del temor y hacen crujir el mar y toda ola se levanta en los océanos y toda oscuridad se incendia en el reino de las almohadas y el llanto.














Cuando el despertar de Tonga y la furia de Galeras, cuando la voracidad de Paricutín y la savia destructiva de Merapi, cuando la gran nube mortal de Popocatépetl y las volutas celestinas de Llaima, cuando el gigante monte de Redoubt derribe el cielo, Colima saldrá también de su silencio, y un cántico de destrucción podrá entenderse desde el lejano vacío que observa la redondez de la tierra. Será entonces el momento de los héroes aplastados por la gran masa de la verdad.
Sin embargo aquí, a nada podemos tenerle miedo.
(*Las fotos llegaron de correo en correo, a mi bandeja de entrada, y desconozco el nombre del fotógrafo afortunado que las tomó y las difundió)

dimanche 15 mars 2009

Ceniza


Después del terremoto, siempre llega la calma; luego de la calma, llegas tú. ¿Dónde antes, pequeña bestia, escondiste tu serenidad, ahora un árbol?

Las manos frías, partí rumbo a Ceniza -el pueblo más cercano de la carretera arriba. Abajo estaban Catacumbas y Querétaro, donde encontré un parque solo sin paseantes, un burdel desierto y un teléfono erguido, en una esquina. El aparato era azul, las teclas metálicas, número satelital. Pero no había línea, ni señal, ni cerveza en el burdel. El sudor en las manos dijo “vamos”. El asfalto ardía bajo mis ruedas.

Entre el verde vegetal, el mundo es carne de animales, ocultos en los colores de la piel y el hambre. El ruido de un motor inquieta sus miradas; la luz y la velocidad de un dios portátil atraviesa sus retinas. Gracia de las fábricas, corola de engranes. Por ti salgo ileso de las fauces.

Alguna vez mi padre me enseñó el extraño abismo que se abría en Ceniza. Una gran grieta, desconocidos sus confines, terminaba en aquel cerro. La tierra se extendía sobre la piedra más dura, y su raíz estaba ahí, en Ceniza. Nunca conocí el lugar, pero dicen que fue siempre el mismo pueblo roto. Sólo estuve ahí una vez; pero hace tanto ya, que dentro de mi memoria la oscuridad se mezcla con la luz de la motocicleta, y me veo pasar ahora, lleno de guantes en los dedos, con la imagen de un recuerdo vacío en las pestañas.

Geodésicas, las voces y las fuentes vinieron a mis sueños esta noche. Despierto pero sin piel, salí con ellas al mundo y me trajeron a Ceniza. Bajo la sombra de un árbol, la noche devoraba, blanquísima, los nidos de las especies mientras yo bailaba. Un crujir me dijo “basta” y colocó mi dedo dentro de su llaga, donde mi padre en la infancia, donde la roca más dura, donde el corazón de la neblina y las canciones de los burros, donde ceniza en los pies y caña y fuego y humo.


El pie desfiladero ungió mis ojos y la corteza de un árbol vino a mis palabras, como la semilla al vientre. La antigua grieta recorrió sus montes. La oscuridad del vacío regresaba a sus entrañas…

Cuando el sueño desapareció de mí, el sudor me dijo “arriba”, mis pliegues dijeron “baño” y el agua me dijo “hola”, el espejo no me mira, y los dientes disimulan mi sonrisa; “tranquilo” dijo mi ropa, mis llaves “no llevas prisa”, la puerta dijo “no vuelvas” y la rueda dijo “voy”, el mapa me dijo “mira”, los satélites “aquí”, y entre tanto la duda serena y ciega se comienza a desnudar, extendiendo sus largos velos sobre mi control, sobre mi ciencia, y sobre mi conciencia...

Mi rueda llega a Ceniza, pueblo roto de esquinas. Los cerros al fondo y la distancia un viaje. En el lugar donde antes estuvo el abismo tenebroso, ahora florece un árbol generoso. Ninguna huella de aquel infinito abierto en la corteza terrestre. En el tronco del enraizado vegetal, una inscripción me dice un nombre, el viejo nombre de la tierra que lo nutre. Hijo de la incertidumbre, me sorprendo ante la transformación. “¿Qué frutos engendrarán tus cosechas de luz, si tu alimento es el cielo y la tiniebla?” No me responde.

lundi 9 mars 2009

El pie con la cabeza











Cuando amanezca, y te des cuenta de que el sol no sale por mis poros, buscarás la luz en otra piel. Pero, pobre de ti, pequeña bestia ingenua, mi segunda piel es aun más oscura, y vivo solo.



Día de Dios. Dómine. El tiempo se vuelca sobre el ritmo de los días. La luna crece de noche, frente al globo bipolar, discreta, con la luz platinada de un astro rojo bañando la superficie lánguida e infértil de su cuerpo. En el océano los grandes monstruos repliegan sus colas; no sonríen, pues no saben nada de sí mismos ni de su enormidad. El mundo azul a veces se vuelve verde. No existe el Hombre y todo está bien.



Ahí, en esa materia sideral desconocida, el tiempo tiene prisa y se detiene un poco, para correr después, más rápido, más poderoso a cada paso que da. Aún no hay conciencia, ni Señor de los Señores, y no importa, el mundo sigue bien. Los árboles se mecen, se mecen, se mecen…



En el instante eterno de estas volteretas, entronizada en la lejanía de las estrellas, una Voz, como una chispa en el vacío dice “¿Quién soy yo?” “¿Quién es este espacio que todo lo gobierna?” Y desde las entrañas de la noche surge un vientre, una dilatación que no detiene su apertura, fuente de luminosidad entre la nada, Madre de los hombres: “Yo Soy”. Y fueron mujer y hombre, hombre y mujer puestos en tierra. Cópula del tiempo y el espacio, memoria elemental de las partículas divinas.



Ah, la invasión, catástrofe de los planetas perdidos. Los ojos se reprodujeron de par en par. El mundo se hizo millones. El verde se volvió gris, y el azul perdió sus monstruos; las sonrisas de los hombres vivificaron el fuego, y la tristeza sus cenizas. Esta tierra se presenta en un Ahora que nos arde en las pestañas y, a partir de esta palabra, el laberinto se extiende por el horizonte.



Hombres y mujeres, en el tiempo que transcurre bajo sus propias pisadas, se convierten en nosotros. Este tiempo. Mujeres. Hombres. Nosotros. Ojo del presente, la medida de la percepción. Plural y singular en una sola forma redonda. La tierra pare sus hijos y los enseña a andar sobre sus territorios. Ahora sola mujer. Hoy solo hombre. Somos un siempre principio, somos un siempre final. Ante la vida, la ceniza. Junto a la calavera, los niños:



Una mujer busca entre las calles de una ciudad desvanecida, la ruta de su regreso. “Aquí me quedé”, piensa… y anda sobre el laberinto. Los cuernos de la ironía se carcajean, mientras ella desespera. Vuelve sus pasos. Medita. Las construcciones se tuercen y la mueca recupera su conciencia. La mujer, confundida, hace la señal. “Transporte”, dice un vehículo blanco. Ella no se fía, pero finalmente sube. “Voy a San Jesús, al otro lado del camino”. En su destino, al apearse, la iglesia del bautizo en su recuerdo. “Madre de Dios, qué estoy haciendo aquí”. La puerta es alta. Una vieja oculta tras la sombra su oración arcaica, mientras la mujer repite, sin saber, la misma letanía. “¿Quién eres tú?” La mirada blanca. El libro antiguo. Las manos lunariegas. Luz al centro de la tenebrosa nave. No más temor, no más nada. No hay transporte en este pueblo.



Un hombre, al centro de un cráter vacío, tira de la corteza de un árbol gigantesco y muerto. Un metal, aún brillante, surge entre la piel del tronco y su savia endurecida. La inscripción grita por sí sola el sentido de las cosas, de todas las oscuridades y todas las razones luminosas. “Halen más fuerte”, grita a los otros hombres, pero en su entorno no hay nada, ni hombres, ni volcanes. Sólo cráter, árbol, hombre e inscripción. La fuerza de sus manos arrancan una placa brillante del tronco que ahora despierta. Tiempo de retorno. Vuelta. Un gemido terrible. Un filo de machete se sumerge sobre la superficie de la tierra y el dolor se extiende como ondas sobre el mar.



Sobre la angustia del mundo, una flor, en el centro de la nada, renace ante un ojo sorprendido. La cola de los monstruos de mar vuelve a su ritmo. La cauda del tiempo recoge sus pestañas.

samedi 28 février 2009

Humanos de microondas


*En el corazón de un edificio, el consejero se lava las manos. El mercurio en el espejo hace un esfuerzo y le sonríe. Su rostro húmedo y el nerviosismo se dilatan hasta deformarse. Afuera esperan el patrón inepto y asociados. Es el buen día de reunión. El consejero respira profundo, seca las gotas que se deslizan por su frente. “¿Todo en orden?”, le pregunta a la imagen que en su espejo no sabe nada de reuniones, ni asociados, ni consejos. “Todo en orden”, se responde él mismo. Pero sabe que no es cierto.

*Somnoliento, un señor muerto hace mucho se rasca la cabeza frente al periódico de hoy. En su gesto se acurruca el descontento. Después de haber dormido tanto tiempo, no le parece justo que le hayan mandado resucitar para alojarlo, no en este mundo delicioso y lúbrico, paraíso desconocido de los vivos, sino en lo escondido de un texto, en lo infinito de la letra y lo fugaz de la palabra. Sumergido, piensa, en esta pulpa corrompida de los árboles que las industrias comercian con el nombre de papel. Como esclavo eunuco frente a las doncellas. Vivo de nombre, pero en carne muerta. “Así pa’qué”, dice el muerto. “Así prefiero arder”.

*Sobre la cama del engaño, el amasiato se retuerce. La mujer, risueña, coloca dentro de su cuerpo el furioso miembro del pecado con corazón de ratón. La saliva y el sudor son su bebida de reyes, los labios el bocado predilecto de los emperadores. El teléfono portable vibra, grita, patalea. “¿Dónde estás, mi amor? Salgo temprano. Voy para la casa”, dice un texto de satélite. Pero la mujer no entiende celular ni corazón. La bestia de los celos -también risueña- hace ronda por la puerta. Gira la llave y contempla.




*En el altar de la iglesia, la Santísima Virgen estira un ratito las piernas para relajarse. San Pedro la mira, disimuladamente. De rodillas, en el lugar de los mortales, el arrepentido llora. “Llévame contigo”, dice sin consuelo, mirando la cruz infame en que murió el Hijo del Hombre. Las flores aún están frescas. Las veladoras parpadean de sueño. Hace rato que, en su penumbra, la nave es invadida por colores vitral del mediodía. Lágrimas de incertidumbre y cansancio de persona se evaporan antes de tocar el piso. “Pobre hombre”, piensa una mujer en el rincón, escuchando los gemidos del sujeto arrodillado. La cruz sobre la frente. Polvo de la muerte; confesión de la ceniza rediviva.