vendredi 14 mars 2014

Charco noticioso

Yo no sé quién va más lejos, / la montaña o el cangrejo. / (...) /
Larará larará, larará; larará larará, larará.

Josué Solís Hernández
(Este texto es una ficción; su fuente no)

¿Qué habría pasado si lo hubieran matado en México y no en Guatemala?, me pregunta Volpi aguantando la bocanada. ¿A quién? ¿A Cabral?, respondo yo, sosteniendo el cigarro con la punta del índice y el pulgar de mi mano izquierda. Seguro habría pasado lo mismo... quizá con un poquito más de espectáculo por parte de la prensa, ¿no?; además de que habrían tardado más en detener a los culpables, o los habrían inventado; luego aspiro, retengo. Volpi exhala, toma con sus dedos lo que queda del carrujo y agrega envuelto en humo, quién sabe –y empieza a toser—, primero no lo habrían matado por error, y segundo a lo mejor hasta lo habrían desaparecido un rato para pedirle que cantara unas canciones, que firmara unas camisetas del cártel y tomarle algunas fotos. ¿Te imaginas? En el video del interrogatorio, cuando los enmascarados le preguntaran “de dónde vienes” Facundo contestaría “vengo de todas las cosas”. Se ríe, pero no le hallo la gracia. Vuelve a fumar, y yo miro el hilo de humo desprenderse del cigarro que pronto se apagaría. Desde la azotea de la facultad no se domina gran cosa, pero algo se deja ver y oír. La luz azul y espesa de la mañana viene a pegarse a todos los edificios. La ciudad ha encendido sus motores; el día apenas comienza. Un aroma a desayuno callejero se mezcla con el aliento de los mofles y el olor a marihuana. Mi pensamiento está enrarecido. A lo lejos se escucha la voz de un vendedor de periódicos en un crucero, en medio de los pitidos de tantos automóviles. Una cortina metálica se abre lentamente, en otra parte, mientras los gritos de una mujer muy enojada penetran las orejas de un niño camino a la primaria. En las primeras planas de algunos diarios que cuelgan de un estanquillo se puede leer: “El Estado Mayor garantizó seguridad durante reunión presidencial entre México, Canadá y Estados Unidos”, pero nadie compra esos diarios, al menos no en ese lugar. En cambio, otras portadas emiten su chillido cotidiano –la noticia que vende—la inseguridad, la de siempre, la que se toma con café y azúcar; el pan muerto de cada día que calma la curiosidad mórbida de los lectores. Cerca de ahí, en un puesto de tacos, un hombre con cachucha cuenta detalladamente el horrible accidente que le tocó ver el domingo pasado en carretera. Parece fascinarse con su propio relato, seguro de que el asombro de quien lo escucha es verdadero; y mientras describe la postura de uno de los muertos, le da una nueva mordida a su sabroso desayuno sin que le tiemble la mano. La ciudad bulle; vocecillas, risotadas y silbidos corren por todas partes, cada vez más a prisa. Dentro de la escuela ha comenzado el vaivén aletargado de los universitarios. Las sillas se arrastran, las mesas se arrastran, algunos pies también se arrastran. Volpi y yo acostumbramos subir a la azotea para fumar, casi todos los días, antes de las clases. Siempre llegamos temprano; el guardia ya nos conoce pero no sospecha nada. Somos estudiantes, tenemos credencial; eso nos da derechos. Por detrás de unos salones hay un árbol que nos sirve de escalera; nos trepamos, fumamos y durante un ratito nos dedicamos a platicar y a ver lo que pasa dentro y fuera del plantel. Vista desde este ángulo, la facultad es como un “lugar aparte” rodeado de esta ciudad monstruosa. Como un refugio donde se escondiera el germen de una solución. Fuera están los autos; dentro solo hay bicicletas. Fuera está el ruido, el ajetreo, los manojos de personas transportándose en microbuses; dentro hay un cierto silencio, voces bajas, pequeños corros de estudiantes reunidos por afinidad. Fuera crece el desorden, el comercio, el tintineo de las monedas; dentro germina el orden, las conversaciones, el desinterés, el intercambio. Fuera huele a cloro con sangre y podredumbre; dentro huele a libros, papel y goma de borrar. Pero tengo la impresión de que pronto las cosas van a ser distintas. Ya es hora de bajar. Nos levantamos. Echo una última mirada al exterior. Fuera viene corriendo el Gabo, compañero nuestro; pero no es tan tarde, y parece no correr apresurado por llegar, sino para escapar. A unos metros de él corren también dos tipos. Gabo corre. Los tipos corren. Gabo alcanza la puerta, la franquea, está dentro y yo lo siento a salvo. Pero los tipos no se detienen y entran también. Volpi y yo intentamos bajar rápido por el árbol, para ayudar a Gabo, pero entonces escuchamos el disparo. Manojos de estudiantes se arremolinan aquí y allá sin saber que hacer. Desde fuera, la gente de la ciudad trata de mirar qué está pasando. Nadie sabe nada de los asesinos. Nadie los vio escapar. El cuerpo quedó tirado en el suelo dentro de un salón de clases; de su sangre se desprende un aroma a charco noticioso. No tardará en llegar la prensa.


“19 de febrero de 2014. Ecatepec, Estado de México. Gabriel Gabino Álvarez Pliego, de 22 años de edad y estudiante de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM), fue asesinado de un disparo en la cabeza dentro del plantel de Ecatepec por dos sujetos que lo persiguieron para asaltarlo.”


jeudi 13 mars 2014

99/100

Un día, no hace mucho tiempo, buscando la verdad cristalina de los ojos, cortejando el beso tibio en las sonrisas, incliné mi cuerpo sobre la gran marmita del verso. Soñaba con ditirambos de cien, y escribía poemas de noventa y nueve noventa. ¿Pero qué verso era mi verso, si ni puñal, ni puño y ni siquiera flor? Una lámpara sin aceite colgaba en mi habitación, la oscuridad se distendía sin miedo por los pasillos de mi casa hueca; pasaban horas así, hasta que una luz muy leve tocaba el vidrio opaco de mi única ventana para fingirme el día y obligarme a despertar; mares de cartón azur servían como escenografía exterior a mi comedia del verso; y yo me sentía el poeta más libre, cabalgando por las ganas de escribir a como diera lugar. Con las ideas llenas de humo, mutilaba sin piedad el cuerpo candoroso de mis palabras simples, y respiraba aire puro, y recitaba puro aire:



Un día,
no hace mucho tiempo,
buscando la verdad cristalina de los ojos,
cortejando el beso tibio en las sonrisas,
yo también incliné el cuerpo
sobre la gran marmita de los versos,
y -soñando con ditirambos de cien-
escribía poemas de noventa y nueve noventa.

*

Hoy los colores no tienen escala; el arcoíris es un solo golpe en mi sentido. Me domina el sueño, me arroba el pensamiento. Mis dedos son el silencio y mi palabra un parpadeo. Es la noche aquí, mientras allá es de día. Vivo en una tierra húmeda que celebra la fértil llegada de la primavera, pero el terror hace rondas de patrulla alrededor de mis sueños; el frío acaricia mis plantas y no puedo despertar. Era una vez un diente de león oscuro que nunca fue tocado por el viento.

*

Por la noche se levanta un rumor en la tierra. Un murmullo contenido trepa hasta las copas de los árboles. Viene para el norte, sobre una ruta perfecta. Pasos tras las sombras atraviesan los umbrales en su plena oscuridad. Nadie duerme; abiertos como la ventana, los ojos buscan el foco de las estrellas desde la almohada. Ningún animal levanta la garganta, ningún bicho se mueve bajo la hierba. El rumor proviene de la misma noche; son las sombras que caminan. Sombras, sombras, sombras, sombras, sombras sobre las sombras. Hay quienes han escuchado la guadaña de la muerte entre las matas, chasquidos como de rifle por el río, aullidos de coyotes donde nunca los ha habido. Nadie ha visto nada; entre cortinas de las ventanas cerradas, los pasos se van de largo, buscando los rincones oscuros del olvido. Pronto llegará la luz.

samedi 8 mars 2014

La fortaleza abandonada

Cuando se tiene un hijo, se tiene el mundo adentro
y el corazón afuera.
Los hijos infinitos”, Tomás Eloy Blanco

Josué Solís Hernández
(Este texto es una ficción; su fuente no)

Delicado, el elefante se levanta y echa a andar. Sobre sus lomos se extiende una alfombra magnífica de bordados misteriosos. Sentada ahí, una pequeña niña observa, atónita, el horizonte que le espera. El enorme mamífero camina por encima de la frontera entre el sueño, la realidad y la muerte. Los pasos de la bestia son pasos de bestia. Su aliento bestial. Sus ojos infinitamente oscuros. Sobre la piel gris y rugosa de sus mejillas escurren una suerte de lágrimas espesas que brillan, con la claridad de un cristal precioso hallado entre las piedras. La pequeña niña mira a uno y otro lado de la frontera. La bestia camina sobre los límites y no toca ninguno de los tres inmensos territorios que ahí convergen. A lo lejos se alcanza a mirar una montaña, y sobre la montaña una fortaleza blanca de la que parecen emanar destellos de alborada. El cielo no tiene ningún color; o los presenta todos juntos. Un viento ligero vibra con las notas de una musiquilla infantil que se detiene bruscamente y vuelve a comenzar. El viento va, vuelve, agita las orlas de la alfombra donde descansa ella.
–Está moviendo los ojos, dice la enfermera, seria, disimulando sorpresa; escapando a la angustia.
–Es normal. Debe estar soñando.
Siguiendo su inestable rutina, el médico sale de la habitación hacia un pasillo donde la pulcritud de las lámparas eléctricas es mutilada por el deambular de ruedecillas chirriantes en camillas, la envolvente sordidez de una atmósfera estéril, y la sospecha afilada de que la sangre ha corrido por alguna parte. Al fondo del corredor, una televisión agita las sombras. El vigilante mira una breve pantalla portátil con antena metálica. Un hombre vestido con traje negro y corbata roja está dando el noticiero. Nuevos extravíos en la ciudad. Varios adolescentes y niños han desaparecido en pocas horas. Alerta Mediática para Buscar Extraviados Recientes. En el noticiero han preparado los testimonios de una madre angustiada y de un jefe de policía. El reportero imposta su voz, pretendiendo desesperadamente un estilo que no falta de gravedad. Las voces de la televisión rebotan en las paredes del hospital, ligeramente, y se expanden casi inaudiblemente con ayuda de otras vibraciones en el edificio.
Es de noche. El cielo no tiene ningún color; o los presenta todos juntos. Las cortinas fueron corridas. La enfermera intenta distinguir entre la oscuridad y la habitación iluminada que se refleja en el doble vidrio de la ventana. –Apenas tiene tres años, dice al teléfono. Su familia no se pone de acuerdo sobre lo que hay que hacer. Su madre la molió a golpes. Nadie sabe por qué. Se desmayó y no ha despertado. Me da mucha lástima verla conectada. Parece que tuviera años dormida. Pero es una niñita.
En medio de su tonada se filtran voces que la niña parece reconocer. Una voz de mujer repite su nombre, buscándola. La llaman, otra vez. La pequeña sonríe hacia el valle del sueño. El elefante sigue su camino y se aleja. La musiquilla para bruscamente y vuelve a comenzar, distorsionada esta vez por sonidos de la televisión, anuncios comerciales. El viento arrastra un lejano olor de carne o de basuras abandonadas en el parque. Huele a humo también. Su madre grita. Sobresalto. La niña fija sus ojos en el desierto de la realidad y tiene miedo. La música se interrumpe y vuelve a comenzar. Los pasos del elefante se dirigen al terreno de la muerte. Una máquina de ritmo cardiaco se detiene, se apaga, silenciosamente.

“19 de febrero de 2014. Tijuana, B.C. Amber Ximena tenía 3 años de edad. Perdió la vida luego de permanecer diez días en coma en el Hospital General, tras ser golpeada por su mamá.”


jeudi 6 mars 2014

« Misery is the river of te world »

For want of a bird / The sky was lost / For want of a nail / A shoe was lost / For want of a life / A knife was lost / For want of a toy / A child was lost
Tom Waits


Sueño que escribo y el gato desespera por salir; maúlla, rasga, se pasea, relame sus patas, salta al sofá y espera –desesperado—por salir. Es de noche; la habitación es clara. Cortinas abiertas, la oscuridad se presenta del otro lado de la ventana; en el vidrio puedo ver reflejado lo que está a mis espaldas. Ante mí, una máquina escribe lo que pienso. El reflejo me inquieta, la noche y la habitación ocupan una misma superficie. Intento distinguir los objetos deformados de la noche. La máquina se detiene.
La escena se repite una y otra vez. Lentamente primero; acelerándose después. El gato va y viene; la noche se presenta detrás del vidrio; sobre los libros cae una luz amarillenta; el gato mira la noche por la ventana. Se detiene. La máquina se detiene. Una y otra vez. El gato amarillento se presenta detrás de la ventana. La oscuridad se deforma en la frontera de la noche. Las cortinas desesperan. Maúllo, rasgo, me paseo. Se detiene. La máquina se detiene. Lentamente primero, y luego veloz, se detiene. Una vez. La noche amarillenta cae sobre los libros. Las cortinas desesperan por salir. Detrás del vidrio la máquina se detiene. Se detiene. Otra y otra y otra vez, detrás de la ventana el golpeteo infernal se aquieta de pronto. La habitación a mis espaldas es clara. Estoy soñando entre la oscuridad y los objetos. La noche se presenta, maúlla, desespera; el gato se refleja y la máquina que escribe lo que pienso se detiene. Se detiene. Se detiene. Así, hasta alcanzar ritmos vertiginosos y que la noche detrás de la ventana sucumba a la luz.


Mientras tanto:

mardi 18 février 2014

Nube negra

Un fantasma se pasea por las ciudades, pueblos y caminos todos. Es el fantasma de nuestra neurosis colectiva. Es el miedo nuestro de la muerte, y el horror de que su mala vecindad nos dure para siempre.

Josué Solís Hernández
(Este texto es una ficción; su fuente no)

El polo norte se pasó para acá desde hace muchos años. Por aquí vive, por la garita de Otay. El mundo a partir de este lugar está dividido en dos: Arriba y Abajo. No importa si la mayoría del tiempo está haciendo un calorcito del demonio, el polo norte es aquí para todos los que vienen de Abajo; aunque a los que están Arriba este pedazo de frontera les parezca más bien un polo sur –el más cercano—para divertirse. Por aquí hemos visto pasar a los chinos traficando extractos de flores y yerbas aromáticas, y a todos los indios y migrantes lejanos que buscan un rinconcito allá arriba donde valer más que unos costales de maíz. Vaya que hemos visto pasar gente. Gente bien norteada, a veces, que no se ha dado cuenta de que está en el punto más alto de los nortes y quieren darle más allá, y más allá se van, por vía de la Juventud. Aparte hay otros muy vivales, muy acelerados con eso que trafican; empistolados en sus camionetonas, y que a la menor provocación tiran balazos. No sin razón les llaman enervantes a esos cristalitos y a esos polvos que ellos usan; justamente, andan enervados, como si se los estuviera llevando el diablo. Pero no es otra cosa sino miedo, lo que llevan encima; han de sentir muy de cerca a la huesuda, para que anden repartiendo balas como si fueran dulces. Ah, cómo se ha llenado últimamente de acelerados y acelerones, de coches robados y de balazos sin sentido y para todas partes. Cómo hemos visto pasar las balas. De policías y de ladrones; de todos los calibres; de todos los colores: negras, azules, verdes... Hace mucho que dejamos de decirle “adiós” a los de las balas verdes, y de preguntarle a los de las azules alguna dirección, alguna seña. Y no por nada, pero ya son pocos los que levantan la mano para preguntar cualquier cosa; ni los niños en la escuela que no hicieron la tarea se quedan tan quietecitos como la raza de a pie cuando vemos una camioneta paseándose por ahí, color que sea. Aquí la única tarea que todos sabemos hacer es la de no meternos con nadie, ni adonde no nos han llamado. Ya vimos la valentía de muchos convertida en un charco de sangre, y a los asesinos muy campantes. Mejor mirar el suelo y caminar para otra parte; no vaya a ser. O hacerse el distraído con un avión que va llegando y otro que se va; con esas ganas de salir volando también de este lugar en donde todo el mundo está de paso, menos nosotros, que quedamos vivos. Hace rato, para no ir muy lejos, por el barrio de las escuelas; estaba yo comprando una paleta de hielo para quitarme el calor, a un carretonero de Helados La Polar, en la esquina de correos, cuando pasó una camioneta a toda velocidad. Nada más escuché un golpe, un frenazo y la gritería de un muchacho levantándose del suelo, diciendo que más cuidado, que se fijaran por dónde chingados pasaban, y maldiciendo enfurecido por la confusión de haber sido atropellado. Era de día y no había nubes en el cielo, pero cuando la muerte pasa por un costado todo se pone oscuro y se sienten palpitaciones cavernosas, aleteos y zumbidos como de abejorros o tábanos gigantes. Yo no vi nada, la verdad. Nadie miró para allá, según dijeron después. Los ojos del carretonero se cerraron, igual que las ventanas. Yo sentí como una nube negra que me envolvía cuando sonaban los disparos, y –ya sé que no me vas a creer, pero—clarito escuché una voz triste y eléctrica, como de una muerta, que me decía: Heme aquí, ya al final, y todavía no sé qué cara le daré a la muerte. El acelerón de la camioneta me sacó del trance, como si se corriera una cortina durante un truco de magia y apareciera, nomás, el cuerpo tirado de un hombre y una bici retorcida, donde antes había un muchacho en bicicleta. La paleta de hielo se me estaba derritiendo entre los dedos. Poco a poco volvió la luz del sol. Poco a poco se fueron abriendo las ventanas.

16/02/2014. Tijuana, Baja California. Un hombre en bicicleta no identificado fue arrollado, para luego ser asesinado a tiros por el conductor de la misma camioneta que lo arrolló; a un lado de la primaria Otto Murillo, sobre la calle Rosario Castellanos, delegación de Otay.

vendredi 14 février 2014

En el cerro de las plumas

¿Quién nos va a decir que nos calmemos? ¿Quién va a asegurar que son casos aislados? ¿Quién es el que aquí está exagerando?

Josué Solís Hernández
(Este texto es una ficción, su fuente no)
Me dijeron que unos hombres se llevaron a mi hermano. Que lo levantaron en una camioneta y se largaron al fondo de la chingada. Horas más tarde llamaron al celular. Era un secuestro de Los Plateados de Altamirano, o quienes quiera que fueran esos hijos del diablo; querían dinero a cambio de mi carnal; dinero, dinero, todo el dinero. Y yo acordándome nomás de las bañadas en el Chacamero, de cuando estábamos morros. Y yo nomás acordándome de las promesas que no le cumplí. Y de las regañadas que nos metía su madre (y la mía) cuando no volvíamos a la casa a la hora que ella mandaba. Y de cómo lloraba el vato cuando no le daban lo que quería; y sus chillidos cuando algo le dolía. Y sí, era él. Clarito se oía que era él en el teléfono, pidiéndome ayuda otra vez. Y luego la voz burlona esa, diciéndome que nomás que avisara a la policía, y que nomás que me tardara con el varo, y que nomás que no me moviera; que los días de mi carnal estaban más contados que sus dedos. Me ordenó que yo no les llamara. Que ellos me iban a decir dónde y cuándo y cómo. Pero eso sí, que querían tanto. Y yo, ¿tanto? Pero... Y colgaron, y ya. Ahí me tienen buscando, pidiendo prestado, sacando lo que teníamos en el banco. Y ahí estoy en la noche, llorando como un loco, pateando las puertas y golpeando las paredes. Hermano. Hermano. Hermano. ¿Dónde estás ahorita? Y el teléfono que no sonaba. Y el dinero ahí, haciendo un ruido raro, como queriéndome hablar. Sonó el teléfono. Me dijeron el lugar y la hora y lo que tenía que hacer. Y ahí voy, con el varo cagándose de risa por su inmortalidad, y con el corazón saliéndoseme de miedo. Y con los ojos rojos. Y el abrazo de mi vieja todavía pegado en la camisa. Y ese olor a flores, ese olor que me decían que a veces baja desde el cerro de las plumas, desde Pungarabato. Y el canto de un tecolote revoloteando en mi cabeza. Y la voz de mi hermano diciéndome que no lo voy a alcanzar. Y su recuerdo corriendo delante de mí, riéndose desesperado y sin poder respirar. “A que no me alcanzas. A que no me alcanzas”. Dejé el dinero, ahí. Lo entregué. Pero... ¿Qué vi entonces? ¿Qué pasó? ¿Por qué no me acuerdo de nada? ¿Los vi? ¿Reconocí a alguien? ¿Qué salió de ese agujero? ¿Qué es eso? Es como si hubiera visto una cara frente a mí; una cara sin rostro que me fuera a tragar vivo. Y entonces me fui corriendo. ¿Dónde está mi carnal? ¿Va delante o viene detrás? No me van a alcanzar estos malditos. No me van a alcanzar.

 
12/02/2014. Ciudad Altamirano, Guerrero. Erasmo González Reyes, de 40 años, fue asesinado a tiros después de pagar el secuestro de su hermano cuando fue seguido y atacado en la calle Pungarabato casi frente a la Casa de la Cultura.”


jeudi 13 février 2014

El problema de no ser muy científico

Tomar en serio no es beber mucho. Yo lo creía así.

jeudi 10 octobre 2013

La grande découverte (De nuevo; tres años después)


He pasado 31 años de mi vida perdiendo el tiempo. Mirar el paisaje, a veces me ha inspirado bellos poemas que nunca he llevado al papel. Pero ¿qué pueden importar los poemas que no he escrito? He leído frente a reducidos públicos mis disparates, aquello que sí alcancé a escribir, lo que me salió de la cabeza una hora antes, lo que vomité de ira sin pensar en las palabras, lo que me forcé a decir cuando no había nada interesante en mis ideas. Pura basura. Me mostré ante la gente que me vio nacer, ante los que me vieron aprender a andar en bicicleta, me mostré como escritor de la manera más soberbia y desprecié a algunos amigos que preferían la religión y leían la biblia como si en aquellos textos pudieran encontrar el secreto del mundo, buscando la salvación. Yo prefería hundirme en el abismo y así lo dije entonces. Ahora, una década más tarde, sigo en el abismo. He decidido que me he dado cuenta que no tengo nada que decir. Y aún así me gusta creer que mi pensamiento puede traducirse en un mensaje que transforme… (¡ja!) ¿Pero qué hay que transformar del mundo si todo está resuelto? Qué egoísmo el heroísmo. No lo puedo negar, nada puedo hacer contra ello (el egoísmo); es quizá la única gran característica que unifica a la Humanidad entera (el egoísmo), esa especie de animal que ha decidido que el mundo fue creado para su aprovechamiento y que si no hay signo de progreso la sociedad no existe, y que la sociedad es indispensable para el ser humano, y que el ser humano es lo más importante que hay en el universo, porque no es posible que un simio o una pulga o un murciélago o una puta hormiga puedan leer este mensaje imbécil dirigido para los únicos animales que saben interpretarlo.
Ah, pero qué bonito es vivir. Pensar en cambiar el mundo, pensar en la instauración de la paz a la mitad del caos, soñar con detener el mal, planear, discutir, prepararse ingenuamente para hacer la revolución, creer que el futuro va a ser mejor, hacerse el héroe: PATRAÑAS de la HUMANIDAD como su SANGRE derramada. La pobre humanidad es apenas una patraña en el universo entero y al mismo tiempo forma parte de su infinito centro. Qué risa dan los banqueros, los gobernantes (los del mundo), los soldados, qué risa los asesinos. Todos, cada hombre sobre la tierra, cree, así sea el más idiota, que lo que hace, a eso que dedica su tiempo cada una de las piruetas planetarias, todos creen que forman parte de algo IMPORTANTE sobre la tierra. Aunque las hay, personas, que sólo prefieren cambiar el canal de la televisión, sin compromiso alguno, sin hacerse ningún problema en sus neuronas, sin reparar en el gran aparato de mierda que sostiene el juego de luces tintineando sobre la pantalla plana como en el cielo las estrellas redondas, más allá de esos satélites en lo alto, más allá de toda esta basura electromagnética que atraviesa el vacío de nuestros cuerpos. Hay otros, humanos, que prefieren mirar las estrellas, tampoco ellos valen nada.
He pasado 31 años perdiendo el tiempo. Y ahora que lo sé... todavía no tengo nada que decir. Quizá para ganar el tiempo, habré de pasar 31 años perdiéndome a mí mismo.

lundi 12 août 2013

En realidad nada es gracioso.
Todo humor tiene un lado amargo y doloroso.
Cada comedia es una espalda vuelta a la tragedia.
En medio de la infinita tiniebla se pasean los débiles pero igual de infinitos hilos de luz.

O quizá debiera decirlo al revés: 
El viaje interminable de la luz está envuelto por una infinita tiniebla.

jeudi 11 juillet 2013

Viñeta


Es verano y la luz invade las ciudades europeas. Cerca del pueblo donde he vivido estos tres años, cada verano me hallé observando aquellos jóvenes que sonríen y celebran al borde de un amplio río. Están vivos, pero aún no se dan cuenta de la vida terrible. Sus cortejos de látex y embriaguez de aluminio sobre el suelo son el único presente y la única verdad. Disfrutan el momento de la luz y sacian su hambre a grandes tarascadas. Llegado el otoño habrán de conocer la hambruna y la desesperación, y en el invierno el hielo y el vacío nocturno. Sus cortejos de látex seguirán siendo entonces su tabla para salir a flote del naufragio en que habrá de convertirse su embriaguez -la soledad frente al ordenador será su isla desierta-.
Pero el día de hoy es verano y la luz invade las ciudades europeas. Los jóvenes celebran estar vivos sin saberlo, devorándose los cuerpos hasta que no quede nada que proteger del frío el próximo invierno.

dimanche 7 juillet 2013

"Traigo penas en el alma que no las mata el licor"...

¿Por qué buscamos canciones? ¿Por qué nos gusta cantar o que nos canten cuando estamos en el borde? Los sentimientos se avivan con la música, parece. El estado de las almas se incrementa cuando una voz entona melodías, me parece.
De alegría, de dolor, de incertidumbre, de rabia. De cualquier cosa. Todos estamos cantando. Todos queremos cantar.
De verdad que no lo entiendo, pero de verdad no importa.
Ahora canto en soledad y silencio. Procurándome canciones para la cascada de vacío que se vuelca y se revuelca en mis adentros. Buscando en mi memoria la tonada perdida, el verso faltante, el comienzo de todo... Y aunque a veces ya no quiero cantar, mi abismo sigue tarareando ese maldito verbo conjugado y pronominal que no sé cómo arrancarme del pensamiento.

lundi 11 mars 2013

Respuesta a un compañero de oficio que preguntaba en un muro "qué hace poeta al poeta".

Yo respondo ingenuamente; salvajemente: "La voz de los démones". Pero mi respuesta no me dejô tranquilo. Mierda, los démones, qué cursi soy. Y luego, leyendo, la voz de los démones me interrumpiô. Salté entonces a corregir: "Es la poesîa que hace poeta al poeta. Este, sin la poesîa, no tiene ningûn valor extraordinario, mâs allâ de la animalidad que lo convierte en humano. Un poeta muerto joven vale mâs que un viejo escribiendo versos que nadie quiere leer. El poeta es desechable, como el cuerpo. Es ahî donde intervienen los démones, saltando de un cuerpo a otro, de una mente a otra mente. Y es la mente del humano que no soporta la voz inmaterial de aquellos démones, es la mente que vuelca al humano a la escritura, a balbucir por escrito lo que los démones cantan. Y es eso, lo escrito, que se tiene por poesîa en el mundo del lenguaje. Y es esa poesîa que hace poeta al poeta." Y ya. Mierda, la poesîa, qué cursi soy.

lundi 4 mars 2013

¡Oh, sorpresa!

"Me sorprende la llegada al mundo de otra primavera más. Me sorprende la fuerza con que las plantas vuelcan sobre sus ciclos sin poner atención a nuestra angustia. Me sorprenden los indios de los pueblos lejanos que no entienden de arte, ni saben de cultura. Me sorprenden sus símbolos, su infinita inconciencia, su lectura ilimitada de la escritura del cielo. Me sorprenden las voces que cantan en el cerro; que para no aburrirse cantan aquella melodía que frente al fuego, de niños, les enseñara su abuelo. Me sorprenden los niños, con los ojos abiertos, tragándose verdades que cualquiera se inventa; y también las mujeres que paren sin teléfono y sin necesidad de llamar ambulancias. Me sorprenden las armas, el fuego abierto contra los inocentes de por sí malheridos. Me sorprenden los malos, tan siempre malos; y me sorprende más esa bondad terrible que condena a los buenos. Me sorprenden los dientes que hienden animales, desde aquel caracol hasta los elefantes. Me sorprenden los padres abrazados de su hijo, y me sorprende el hijo siempre entregado al padre. Me sorprende la muerte, y me sorprende el mar, y me sorprende el sueño, de madrugada y tarde... Me sorprende la arena y el aplauso de un público que no sabe ni cuándo, ni dónde, ni qué, ni cómo, ni por qué, pero sigue aplaudiendo. Y me sorprendo yo, frente a un ordenador, diciendo o escribiendo lo sorprendido que estoy. Me sorprende el abismo, este vacío febril de los desesperados. Me sorprende saber que los desesperados somos sin duda todos. Y me sorprende el hambre, y me sorprende dios, y me sorprendes tú que miras mis palabras con los ojos abiertos, con los ojos de un niño devorando verdades."

dimanche 9 décembre 2012

PLURAL DE PRIMERA

Nacimos libres. Un día nacimos libres. Bañados en sangre de maternidad, una sola vez gritamos nuestro nombre incomprensible, en el primer respiro de este mundo, en el primer segundo de este tiempo remoto que es la civilización. La blancura de una sala de hospital, la intensa luz artificial, el tapabocas del doctor, los guantes de las enfermeras, el desmayo de la madre, la plancha metálica, el agua caliente, la incubadora, etcétera, etcétera, fueron los primeros objetos que acecharon nuestros párpados cerrados. Ese mismo día la modernidad se nos echó encima como una fiera que busca su presa en el calor de los nidos; justo cuando descubríamos la libertad, ésta se apartó de nosotros como un pájaro espantado, y la madre nos impuso la primera palabra que nos encadenó al mundo, un nombre que habríamos de oír tantas veces hasta sentirlo parte de nosotros, o nosotros parte de ella. Sin embargo hay quienes, como respuesta al alarido de su nacimiento, recibieron los sonidos incesantes de la jungla y el barro les sirvió de cuna y un enjambre de moscas les fue sábana. Ellos también nacieron libres, tan libres como nosotros.v

vendredi 15 juin 2012

‎"El futuro ya no es lo que solía ser" dice una amiga anônima... Valéry reclama desde una tumba, en un cementerio perdido

El futuro es un animal que ha perdido los ojos cruelmente. Vaga todo recto, sobre las arenas de un campo inmenso. Los caminos se borraron y no importan. Las sombras se han escapado, la luz no sirve. El animal anda sin miedo, rabioso, dispuesto a despedazar cualquier cosa que se atreva a atravesarse en su "camino". Anda. Anda. Anda. Con el hocico sangrante, se aproxima al precipicio de nuestras esperanzas. El sonido del viento se lo advierte; y el animal intenta devorar el aire, pero no puede. Sus gruñidos resuenan en el acantilado. El futuro es un monstruo del tiempo que ha llegado.