samedi 21 janvier 2017

Señales del fin

Primera entrega de "Abduzco* luego sé"

El fin del mundo llegó a este siglo como llega una feria a los poblados, como un circo, como aquel cine itinerante que de rancho en rancho proyectaba películas como si fueran verdad; algo así como llegaron los gitanos a Macondo, trayendo consigo las señales probatorias de que el progreso existe, e instalando a su vez, con espectacular demostración, un catastrófico acostumbramiento general a la inmovilidad, una cuasi simpatía con el fracaso.
Este siglo tiene ya edad para soñar, para hacer planes y demostrarse autónomo en muchas de sus obligaciones. Sí… para quienes no lo saben, un siglo tiene obligaciones de toda índole:
Debe, por un lado y por ejemplo, asegurar que la historia dé un vuelco irremediable… la historia de la humanidad, por supuesto. Un vuelco que lo defina como siglo, por encima de los demás siglos. Un siglo debe ganarse su mayúscula inicial y poner en la balanza su número romano.
Así, el Siglo I se reconocerá por sus mitológicas cruces; el Siglo V por la persecución imperial de todas las ciencias “ocultas”. El Siglo X será marcado por la espera del primer fin del mundo cristiano, y el Siglo XI como el primer renacimiento en medio de las pestes. El Siglo XVI será conocido como el siglo de la Utopía y el Caníbal; el Siglo XVIII será por supuesto el de las luces. El Siglo XIX definirá el gran despertar industrial, socialista e independentista; mientras que el Siglo XX será mundialmente reconocido por su cocacola. ¿Será pues el Siglo XXI marcado para siempre por las caritas de perro suministradas al universo por esnapchat? Esperemos que madure el muchacho…
Otra gran obligación de un siglo cualquiera es portar en sus años un desarrollo coherente de la evolución científica. Desde el descubrimiento de las formas regulares en la naturaleza, su reproducción esquemática y la invención de estructuras geométricas y ensamblajes… hasta las conjeturas sobre el átomo y sus partículas elementales, la fabricación de los relojes cuánticos, la geolocalización por satélite y la “navegación” territorial asistida, a partir de un aparato portátil accesible para toda clase media.
Cada siglo carga pues consigo un vuelco histórico y una evolución científica. Así mismo, todas las artes humanas y todas las religiones y creencias de la misma calaña despliegan ante los siglos que transcurren una larguísima lista de deseos y expectativas.
Pero existen algunas constantes, que siglo tras siglo se repiten, como las olas se repiten contra los peñascos. Entre esas constantes hallaremos la particular espera de que el mundo “se acabe”, de que la historia llegue a su fin, de que el tiempo se detenga… Un fenómeno manifiesto colectivamente por primera vez en Europa durante el Siglo X (cuando la masa campesina aterrorizada por los monjes esperaba febril el año 1000), pero que encuentra su fuente en una de las culturas hebreas contemporáneas de Herodes Antipas, los Esenios. Estos creían que el tiempo llegaría a su fin; que el transcurso de la existencia material habría de detenerse durante mil años, un día, dentro de mil años… aunque cabía la posibilidad de que estos últimos mil años se estuviesen cumpliendo en este mismo instante.
Si buscamos más lejos, por supuesto, encontraremos referencias amenazantes al orden de la vida en el poema de Gilgamesh. Pero ¿qué sentimiento humano no se encuentra en latencia dentro de aquel poema inmortal?
El pensamiento más profundo y la ciencia más compleja se han formulado este problema tanto como la tendencia más superficial y la conversación más anodina.
El fin del mundo está a la puerta y llama.
Este siglo, más intensamente que el siglo XI, fue recibido con todo el miedo colectivo que nunca antes fuese reunido. En todo rincón habitado de lo que llamamos planeta, al menos una decena de personas esperaba ver en el cielo las señales del final, la noche del 31 de diciembre del 1999 (sic). Así, bajo esa lente, vimos caer las torres gemelas, vimos a los genios de la lámpara sumergirse en el caos democrático forzado, vimos llegar a nuestra casa la pantalla táctil, y el acortamiento de las distancias dejó de ser producto de la ciencia ficción para convertirse en un escaipi o una videollamada cualquiera. La transmisión en vivo está al alcance de cualquier dedo, y hasta los adolescentes con cara de perro pueden obtener (como si se tratase de una fortuna o de aplausos al artista) miles de laics en cuestión de minutos con solo repetir la frase carente de trascendencia del momento.
“El fin del mundo se acerca ya”.
(Repita usted en voz alta esta frase. Verá cómo todo cobra su natural sinsentido.)
No hay causa triunfante, todo es tan lícito que nada nos conviene. Celebramos con nuestro morbo la conspiración rampante. Y nos unimos al canto dulce de la paranoia general que reina en este siglo, sin más… así nomás. Y no hacemos nada, porque tampoco sentimos la obligación y mucho menos el poder de hacer cualquier cosa que sea.
“Saqueo” significará llegar con saco a algún lugar dotado de bienes de toda índole, con la irrefrenable intención de robar lo más posible. Y la polisemia nos sacará los ojos.
La bestia (no sabemos desde cuándo) gobierna este mundo y su reino quizá dure un poquito más que aquellos primitivos mil años que para los esenios representaban una eternidad. En serio… si tenemos en cuenta que la humanidad con su memoria inmensa se ha convertido en una bestia incontrolable, entenderemos mejor que un jovencito que –de paseo por Pátzcuaro—elija una cafetería en los portales bajo el simple criterio de que haya guayfay sea, en sí mismo, la encarnación de una señal del fin.
Y dejemos a un lado las caritas de perro y los filtros de ínstagram y distintivos de equipos de fútbol y automóviles en las fundas del celular. Dejemos a un lado la victoria democrática de la estupidez y las actualizaciones infinitas de estado y foto de perfil. Mantengámonos al margen del flujo de datos y la conexión telefónica en casa más necesaria que la leche y el gas; ignoremos que la voz “no hay internet” sea más dramática que “no hay paz”, “no hay justicia”, “ya no hay agua”, “no hay papel”. Bobadas.
Cierre usted los ojos. Piense en el final.
He aquí unas señales que puedo percibir desde mi zona de confort, en este Siglo XXI en que me tocó vivir:
·         Un niño jugando a matar policías y civiles, robar, violar y destruir, con un control remoto en mano, delante de un televisor de cien pulgadas (ya no se trata del palo de las cavernas, ni de aquel buen fusil de juguete que permitía al menos echar a volar la imaginación).
·         Hemos visto crecer y crecemos junto a una generación sin asideros culturales que define su identidad por “las marcas que más te gustan”, “las gaseosas que más tomas” y “las series que te descargas”.
·         El choque intergeneracional se basa en la disputa del concepto de “rock” y las maneras de vestir y de ligar.
·         La discriminación rampante se disfraza de humor negro (Ver: chairo, kevin, brayan, lady, lord…), y pronto toleraremos el exterminio de los demonizados.
·         Aquella frase “si no estás en google, no existes” se ha convertido en una regla tal que el gran hermano la tiene chiquita…
·         Y claro, a nadie le preocupa el fin del mundo… porque ya estamos en él y ¡no pasa nada!

We are the world.
Notre fin est arrivée.

(El autor no se hace responsable de los contenidos desordenados que su paranoia le dicte para escribir esta columna.)




* Todas las acepciones ofrecidas por la RAE son inconsecuentes si usted trata de explicarse a partir de ellas el uso de este verbo en el intitulado fijo de esta columna.

mardi 4 août 2015

Desde lejos



Y a México se lo sigue llevando la chingada,
¿o será que la chingada fue devorada por México y lo está haciendo reventar?
Me hago preguntas desde acá.
Tantas preguntas desde acá.
No necesito escarbar mucho para encontrar los cuerpos.
Me basta echar un vistazo a esa breve pantalla negra que me mira;
a ese país donde nací -porque así fue- se lo carga la muerte día a día;
se lo carga un cortejo de Muerte, Ignorancia y Lasitud,
Astenia de las masas,
Afasia de clases hipnotizadas por televisiones, fútbol y cerveza.
Alguien por ahí quiere creer que este Pueblo ha despertado.
Y yo, desde mi lejanía desmesurada, escucho los ronquidos
de aquellos que por vivir en paz se envuelven en las sábanas
plagados de ácaros y olvido minuto por minuto.
Allá existe un México que me imagino
porque ya no vivo en él.
México que percibo a lontananza,
plagado de brumas y recuerdos
que ya no corresponden con realidad ninguna.
En ese mi país que yo imagino,
pareciera que ojos que no ven son vigilantes;
que oídos sordos portan toga de jueces;
que manos paralíticas redactan nuevas leyes;
que pies entumecidos encaminan las almas;
y las balas se disparan cumpliendo su destino.
Pareciera que la única verdad que queda es la verdad de las balas;
a diestra y a siniestra.
Que las armas sirven para matar y son usadas;
y que detrás de las armas una sombra infatigable
se vuelve a fusionar con la noche más oscura de mi patria.
Patria México anagrama de Pirata.
Bandera negra y violenta.
Águila devorando a una serpiente venenosa,
reposando sus garras en la higuera de barbarie.
El águila desgarra y chilla, mientras la serpiente sisea blandiendo sus colmillos.
No hay más que destrucción, dolor, veneno, espinas
muerte en ese símbolo impuesto a pequeños y grandes
para saludar con orgullo. Y respetar. Y defender. Y dar la vida por él.
Bandera de Pirata en altamar ondeando a merced de la corriente,
sobre un mar de sangre y atolones de huesos.
Fragata cuyos cañones apuntan contra mujeres y niños.
Bandera negra.
Oscura bandera de la Patria que se aleja.
Adiós naufragio de mi orgullo.
Adiós para siempre,
adiós.

samedi 28 mars 2015

Pendientes

A estas horas nadie en calma.
Todos con su dolor de cabeza, de alma, de pies, de costillas.
A estas horas todos con su tos, su fiebrecilla.
Desde un puente miro pasar el río que me seduce al salto.
Desde mi pequeño mundo egoísta veo pasar el mundo "lo demás" y pienso: "no hay mañana".
La vida se hace hoy.
Vaya ideas remanidas que vienen a acostarse debajo de mi almohada.
Vaya ganas de romperlo todo, una vez más para recomenzar.
Otra vez.
Estoy aquí arrancándome la piel, como una hoja se desprende de la máquina donde escribí, hace mil años, que la inmortalidad es amor y que es mejor vivir aquí, eternamente aquí, que abrigarse sin remedio en la esperanza del cielo sin dimensión.
Imaginario soy.
Pero a estas horas, todos con sus patitas dirigen al más allá sus pequeñitos instantes.
Vivir, en este siglo.
Joder para siempre.
Joder.

jeudi 12 février 2015

Un final en la academia

A Luigi Sala


En la academia de la cerveza estamos.
Sentados, aprendiendo a alzar la voz,
para no entender ni la mitad de aquello que nos queremos decir.

Estamos aquí, en el último lugar antes de romper la noche;
antes de volver a nuestros días, nuestra rutina solar.

Aquí mismo, rodeados de humo, con alcohol en la garganta y en las manos;
con ganas de cerrar los ojos para ver lo que no hay.

Sentados, en una fiesta que termina hoy, treinta años después de un nacimiento,
analizamos con la mirada perdida los símbolos del lugar, publicidad y sinsentido.

Estamos aprendiendo a alzar la voz para no decirnos nada.

Alzar la voz rodeada de humo y baños de alcohol, corrientes secretas, pensamientos y vergüenza.

Para nada.

A eso vinimos aquí.

Y en eso estamos.

mardi 20 janvier 2015

Tránscrito

He pasado muchas horas mente inventando cosas que no escribo. Inventando situaciones, imágenes patéticas, profundas o felices de la consciencia humana y su materia, sin escribir una sola línea.
Me he prometido la luna. Me he bajado las estrellas.

jeudi 8 janvier 2015

Des-aparecer

Sin darse uno cuenta luego llegan conclusiones. Solitas. Mientras que uno que estâ ay nomâs, mirando el hueco... el hueco que quedó de lo que había, de todo lo que estaba aquí, de todos quienes por ay andaban. De todo aquello de lo que ahora solo percibo el vacío. De repente ya no hay nada. Nada está aquí.

Pero uno estaba ay nomás, con todo alrededor, y de repente

... ¿cómo se iba uno a imaginar que todo aquello hubiera de esfumarse así nomás?

¿Quién iba a pensar que el día en que este hueco llegó, ya estaba instalado para siempre? Cómo fui a creerme tanta estupidez. Cómo pude esperar que desapareciera. Cómo pude tener fe en el tiempo de su extinción. Cómo pude tener fe en el tiempo. Cómo pude tener fe. Cómo pude tener. Cómo pude. Cómo.
Lo peor es que a veces uno se da cuenta de cosas... de la existencia de cosas... de su posibilidad... pero se queda callado. A nadie habla. A nadie avisa. Y luego, cuando esas cosas llegan, uno trata de advertir a los demás, de la inminencia de un suceso jamás conocido, pero siempre es tarde ya, siempre muy tarde. Y uno mira a cualquier parte y ya nomás queda el hueco.
Todos se han ido. Todo.
Ay nomás queda uno alrededor
y nada alrededor de uno.
Y nunca más desaparece el hueco,
ay se queda gusanito de seda.

lundi 8 décembre 2014

Jo Der


Atentos, muy atentos



Invito a los valientes a escucharme
Invito a quienes no tienen dinero
A quienes no se limpian los zapatos,
A los que no se quitan el sombrero.
Invito a los conscientes aseguirme
Invito al sordo a contemplar mis gestos
Al ciego pido no olvidar mi ruego.
A quienes tengan voz, que entiendan, comuniquen:
Soy la piedra enterrada que te llama
Soy el jade lunar que te convoca
Soy el silencio sobre el que tú hablas
Sobre el que tú respiras, gritas, callas.
Estoy aquí como lo habías pedido.
Un pliego temporal en que se extiende
La vasta sociedad en que has crecido.
Escribe sobre mí, no sobra tiempo.
Dicta sobre mi cuerpo omnipresente,
Graba en mi ser-espacio un nuevo orden.
Que nuestra voz La Historia se eternice,
No des paso adelante
Sin que nos acompañe esta escritura.
Soy tu consciencia, soy el momento, el día en que naciste
Debes obedecer
No queda de otra.
Atrás está el mal Sueño; ahora despiertas.
Delante esperan campos de cultivo, o bien de guerra.
Campos de sueño o de concentración.
Llama a los vivos,
Canta para todos:
La historia –nuestra historia—, se está escribiendo hoy.
Sea para siempre.

vendredi 28 novembre 2014

1/43 + X = 1000

Monumento a los muertos : Abisal basurero. Oportuno silencio de la noche. Un rîo de ceniza ahoga a nuestros padres. Flecha de fuego. Garra de tecolote en el tejado. Basurero abisal. Perdí mi calavera.

vendredi 21 novembre 2014

Me ves, ya no me ves

En el fondo del abismo hay una fila
de desaparecidos, esperando aparecer.
No se fueron de aquí por una idea,
ni se esfumaron buscando algún querer.
¿Alguien se los llevó pa'divertirse?,
¿alguien los raptó para hacerlos padecer?
El vacío macabro de quien “desaparece”
es compa de la angustia de quienes se quedaron.
Impávidos --ante el acto de magia repetido--
los espectadores lloran palomas y conejos.
Delante de una caja a doble fondo (la justicia),
las madres, nuestras madres, descifran el mensaje:
Me ves, ya no me ves.
¿Quién es el mago? ¿Dónde su mano invisible?
De este lado del abismo hay otra fila de personas esperando.
Sujetas al anhelo de verlos regresar.
Nombre en lista de espera.
Cadáver de anfiteatro.
¡Oh! ¡Fosa clandestina!
¡Calle, poste de luz, montón de huesos!
“Este infierno es un país de paz”,
dice don presidente con cara de galán.
Los ministros aplauden ante cámaras,
periodistas analizan ante cámaras,
se aprende la opinión de los expertos en la radio.
Pero alaridos de un descuartizado no se pueden escuchar,
la pantalla del infierno está pasando anuncios comerciales.
Mientras tanto...
Cuerpos desperdigados
largo y ancho de un país de paz:
Reportero, niña, migrante, pandillero.
Empresario, estudiantes, sicarios, artilleros.
Señora de la esquina, muchacho misterioso.
Vagabundo en la calle, pollero, indio, maloso.
Los muertos de mi calle y los muertos del bosque.
Policías en diZputas, mujeres, traficantes.
Testigos de su sangre, ráfagas en el cuerpo.
Sombras de la masacre… rastros de la masacre…
voces de la masacre… hijos de la masacre:
¡No se oye! ¡Más fuerte!
¿Dónde están? ¡Griten más fuerte!
Y los cañaverales, maizales y barrancos
no propagan el eco de los gritos,
los aullidos ahogados de machete.
El volumen del aire los dispersa.
Queda el olor chillante de los buitres,
la carne y frenesí de los gusanos...
En este país de paz...
Queda la oscura superficie bajo el sol.
Quedan bolsas de basura abandonadas en parques y jardines,
guardando las entrañas de un desaparecido.
Otro desaparecido. Y otro y otro y otro.
La cola se hace larga como larga es la serpiente.
En la esquina del abismo se acabaron las despensas.
Están regalando muerte.

mercredi 12 novembre 2014

Me ves, ya no me ves



En el fondo del abismo hay una cola de personas desaparecidas, esperando aparecer. No se fueron de aquí por una idea, ni se esfumaron buscando algún querer. ¿Alguien se los llevó pa'divertirse?, ¿alguien los secuestró para hacerlos padecer?

El vacío macabro de quienes “desaparecen” es compadre de la angustia de quienes se quedaron. Impávidos, ante ese acto de magia repetitivo, los espectadores lloran por la paloma y el conejo; delante de esa caja a doble fondo (la justicia), las madres de los muertos descifran el mensaje: Me ves, ya no me ves. ¿Quién es el mago? ¿Cuál es su mano invisible?

De este lado del abismo hay también una fila de personas esperando que los desaparecidos vuelvan. Están aquí, sujetos al anhelo de verlos regresar. Y mientras hacen cola también buscan, en los anfiteatros, en las fosas clandestinas, en las calles, en los postes de luz más apagados, y en los montones de huesos.

“Este infierno es un país de paz”, dice el pequeño dictador con su cara de galán. Los ministros aplauden ante cámaras, los periodistas analizan ante cámaras, se aprende la opinión de los expertos en la radio; pero los alaridos de un descuartizado no se pueden escuchar, pues la antecámara del infierno ha pasado a comerciales. 

Cuerpos regados a lo largo de un país de paz:

Reportero, niña, migrante, pandillero. Empresario, estudiantes, sicarios, artilleros. Señora de la esquina, muchacho misterioso. Vagabundo en la calle, pollero, indio, maloso. Los muertos de  mi calle y los muertos del bosque. Policías en disputa, mujeres, traficantes. Testigos de su sangre, ráfagas en el cuerpo. Sombras de la masacre… rastros de la masacre… voces de la masacre… hijos de la masacre:

¡No se oye! ¡Más fuerte! ¿Dónde están? ¡Griten más fuerte!

Y los cañaverales, los maizales, las barrancas, no son lo suficientemente acústicos para propagar los aullidos de dolor del primero de los machetazos. El volumen del aire los dispersa. Queda el olor chillante de la carne, los gusanos y el frenesí de los buitres… en este país de paz. Queda la oscuridad de las bolsas de plástico abandonadas en los parques y jardines, abrigando los trozos de un desaparecido más que no podrá volver.

Y la fila se hace larga.
                    En la esquina del abismo se acabaron las despensas.
                                                                                                 Están regalando muerte.